BUBBLE GUM



Así es como suena una pompa de chicle, al explotar.

Una pequeña pelotita rosa que, si sabes usar un poco la lengua y soplar, se infla, infla e infla. Volviéndose cada vez más grande. Enrosándose.

La velocidad a la que lo hagas depende de tus ganas y habilidad. Si eres bueno incluso puedes meter la lengua dentro de la pompa, un poco, la puntita y nada más. Hasta que explote, envolviendo los labios en una pegañosa fina capa de plástico rosa.

Flop

Estamos en el metro, las cinco o las seis de la madrugada.

Sábado noche.

A un lado, una boca de negro en un niñato de piel clara, rapado. 
Besando una pompa que surge por entre los surcos de sus labios, hinchándose, lentamente pero cada vez más. 

Una burbuja que, al petar, deja a su vista aquello que lo hace babear. 

Unas bragas rosas.

Plot

Imagínatelo, con las pupilas babeando después de bailar medio gramo de más. Los brazos apoyados en el espaldar y la camiseta, como un traje de saliva espesa, retorciéndose al ritmo de su mascar.

Flapp, flap, lengüetea, desnudándose de empalago mientras sube por las medias, y, en lo más oscuro de la falda, a la altura de la boca, unas bragas color de fresa ante las que no se puede callar.

Niña, se te ve el chicle, te voy a comer con las bragas puestas.

Clop

Jugo, meado y saliva. El sabor amargo de la felicidad humedecida.

Las mandíbulas parecen un cepo desencajado, rebotando una y otra vez. Flap, flap, resuenan entre los dientes sus fantasías. Relamiéndose de sus labios el morbo que chorrean unas bragas al volver de la discoteca.

¡Niña! Le dice el chaval, siguiéndola cuando esta se pone en pie para salir. Picando a globazos en un culo que, en tacones, suena al caminar...

Cloc, cloc

Tía buena. Qué buena que estás, susurró flojo y ronco un tío desde el suelo, borracho, al que el chaval asiente sin haberlo visto hasta ahora, atento como estaba al culo de la niña chicle.

¡Nena!

¿Tú te encuentras bien? Tienes mala cara.


Parece que te haya dado un bajón de drogas, insiste el chaval, masticando sin parar. Enjuagando de saliva la pompa que prepara en la boca, aún sin inflar.

De momento sí, seca, gime ella a la espera de saltar en cuanto pueda del vagón.

Haciéndole de masticar de más.

Coño, digo... chica, decía que si te está gustando o no.

Plop

Entonces es que se abren las puertas, y tras que la niña se baje, le grita a sus espaldas. A las fantasías de un culo tajado por unas bragas apretadas y apunto de explotar.

¡Qué fina que eres! Le dice él. 

No te hagas la estrecha.

Malfollá.

Cook, hacen las puertas, al cerrar, con la chica ya en el andén y el chaval adentro de su burbuja. En la pompa de la droga del amor.

Con la boca desgastada después de toda la noche queriendo agarrar entre los dientes a una mujer, haciéndola explotar.

Muáck, fffie, muá, se despide él, provocando una estallido de risa en al chica que, al girarse, lo encuentra besando el cristal.

Ahí donde estarían sus labios o una teta, qué más da, mordiendo una fantasía sin realizar. 

Una pompa que no hace plop.



Petit

El que meses después sería mi nuevo profesor favorito se presentó en la primera clase como Santiago López Petit. Y que lo llamáramos Petit no significaba nada más que Petit. Es su segundo apellido, no es que fuera bajito ni nada así.

Por entonces yo apenas había aterrizado aún en Barcelona, coincidiendo con el inicio del curso, y la nueva ciudad era a mi ciudad natal lo mismo que la nueva universidad era a la facultad donde empecé a estudiar. De cinco alumnos en una carrera en proceso de extinción pasé a pertenecer a una clase de cien o más, aunque se tratara del mismo plan de estudios a punto de desaparecer.

Con el cambio aprendí que me era más fácil hacer amigos entre cinco que siendo cien.

Petit impartía su clase acerca de Artaud los miércoles por la tarde. Y no es que yo hubiera crecido tanto desde el año anterior, pero librarme de madrugar como llevaba haciendo desde que iba al cole me hizo sentir un poco más mayor. Más adulto. Y eso que tuve que preguntarle a mi compañera de piso cómo se hacía para cocer el arroz.

La asignatura de Petit atrajo mi atención no a la primera, sino a la segunda o tercera semana después de empezar. A mí nunca me había gustado la poesía y Artaud, por si fuera poco, no era sólo poeta sino también francés. En manos de cualquier otro profesor esas clases me habrían resultado insoportables, pero el modo de Petit consiguió que me acercara a él. No a Artaud, sino a al propio Petit.

Era un buen profesor. Nos contó una vez que durante su época de estudiante pasó un año en Berlín, adonde se supone que se forman los mejores expertos en la materia. Y a pesar de que yo tenía a Petit por un buen profesor antes de saber esto, cuando el resto de alumnos me preguntaban mi opinión me limitaba a decir: estudió en Berlín. Y claro que en Alemania también hay malos profesores, pero de algún modo decir que estudió en Berlín reforzaba mi buena opinión. Y así me ahorraba confesar que me identificaba con él, sentado siempre en las filas de atrás.

Su estancia en el extranjero surgió en clase como ejemplo de lo que él llamaba "estructura del vacío".

Contaba que siendo nuevo en la ciudad, adonde no se atrevía a salir a la calle sin guantes y decidido a no quedarse mucho allí, ni conocía a nadie ni se preocupó en relacionarse apenas con los demás alumnos de la facultad. Lo que no nos dijo si allí las clases eran más grandes o más pequeñas que en cualquier otro lugar y yo tampoco pregunté.

Alquiló una pequeña habitación para pasar el curso, que según enumeró constaba apenas de una cama más bien estrecha, una silla, un armarito donde entraba justo el contenido de su maleta, que guardaba bajo la cama, y una ventana con vistas al patio interior. Como si estuviera diseñada para un viajero de paso, fuera en realidad así o no.

A decir verdad, el propio cuarto que yo alquilé al llegar a Barcelona no era mucho más grande que aquel que describía él. Antes aún de deshacer la maleta, colgué un póster que traía de mi ciudad natal. Algo así como plantar una bandera. Que al marcharme de allí más pronto que tarde olvidara el póster colgado sobre el cabecero de la cama no tiene que ver con que me estuviera alejando de mi familia.

En el patio, el patio que se veía desde la ventana de Petit, podía verse un árbol que nevado debía tener un aspecto gris. Y un banco, en el que durante el curso entero no vio nunca de sentarse a nadie que pasara por allí.

No recuerdo en qué fechas nos contó esto Petit, pero en mi memoria sus clases coinciden siempre y extrañamente con un día encapotado. Aunque quizá lo recordaría distinto si en lugar de las vistas nevadas del patio interior nos hubiera descrito días soleados en Barcelona.

De hecho, su habitación no era ni siquiera un dormitorio, sino la estancia que tiempo atrás había servido como portería del edificio. No sé qué lo hacía más extraño en Berlín, su pronunciación extranjera del alemán o el hecho de vivir junto a la ventana tras la que los vecinos pasaban de largo, camino a sus casas, con dormitorios de verdad.

Sin conocer a nadie y con un clima que no acompaña a salir a pasear, Petit cuenta que pasó la mayor parte del tiempo a solas en la habitación. Sentado en la única sillita que había allí, estudiando todo el día, junto a la ventana. Vio pasar las estaciones en aquel árbol, mientras llovía, nevaba y siempre, siempre, hacía frío y los vecinos pasaban sin sentarse y ni siquiera pararse a hablar.

Petit, cuyo nombre me hace pensar siempre en pequeñito, aunque fuera realmente un tipo más grande que yo, se preguntaba si se hubiera sentido tan, tan solo si no hubiera sido por la vista de ese patio gris. Como si fuera el propio banco el que le indicaba que faltaba alguien.