Lago de ceniceros

Quién sabe a qué edad, el viejito se sienta donde calcula, más o menos, terminó tantos paquetes de tabaco. En lo que en algún día fue una plaza derruida, más tarde escenario del fin y, después de nunca, un vacío por entre el que sólo destaca una arrugada cicatriz. Apenas el humo de un último cigarro.

Desfilaron por este arco del triunfo banderas de todos los colores y fue también, algún día, un callejón oscuro testigo de amores rotos, eco de borracheras. Una pared manchada tanto por alegría como salpicaduras de odio, brindis de cava y sangre derramada. Un camino hacia ninguna parte del que únicamente quedan ya cenizas, las colillas dejadas atrás por un viejo que pasea lentamente, destino a consumirse él también. Sin prisas, saboreando cada calada a sabiendas de lo que le espera.

Como dedicatoria, el final de los tiempos ha dejado en este más allá, pensando en el viejito, un sillón roto y con la espuma por fuera. De un color olvidado, a juego con la llama que sobresale de sus labios. Una pira en mitad de un lago de ceniceros donde arden, en lo que dura un pitillo, las respuestas a por qué el odio, cómo aún el amor. La sorpresa que se da uno mismo, tras el desencanto, enamorado una vez más.

A medias entre dos mundos, los ojos de este viejo desentrañan en el humo los horrores capaces de parir una guerra, la lucha de la que nacen los hijos. Medio ciego, pero no loco, ve en sus manos un espejo. Una muerte anunciada, envuelta en papel de fumar por su propio pulso y sin temblores. Curtido ya por mil golpes, mil besos, comprendió que la vida no es un regalo que desenvolver aburridamente hasta llegar al obsequio, en el interior. No. Por eso es que fuma, sin más, tras haber llegado más allá de todos los arcoiris y comprendido, en su final, que tras el final no hay nada, nada más que humo. Pero bueno, a él le gusta fumar.


Es fumador desde siempre, aunque recuerda pocos cigarrillos en concreto.


Aspira en este último pitillo el mismo olor de los primeros, aquellos que parecía que nunca iba a repetir. Esos que no fueron los más intensos, ni siquiera los más emocionantes y, ni de lejos, los más tiernos. Pero sí los primeros, que verdaderamente nunca repitió.
Aún le duelen aquellos otros que más tarde le apretaron el pecho, entre asfixia y tos. Chimenea de crematorio, fumó durante muchas noches en vela, quizá en la puerta de algún hospital o en la antesala del desamor. Ante una muerte o un hijo. Se deja seducir, aún, por esas curvas en el aire, volutas por las que pasea sus dedos, acariciando el anhelo de alguna antigua amante. Nostálgico de un futuro imposible ya. Momentos inmejorables tras los que vinieron aún otros muchos cigarros, distintos, también en momentos en que compartía almohada con el segundo, tercer o hasta el cuarto amor de su vida.


Le viene a la cabeza una anécdota, algo que sucedió, más o menos, después de darse cuenta de que él también era capaz de hacer daño, herir a alguien a quien amaba. Pero aún un poco antes de dejar de creer que a él las cosas le dolían más que a los demás. Por ahí entonces, un año arriba o abajo, recibió una carta de alguien del pasado. Alguien con quien hizo y deshizo, a lo largo del tiempo, robándose sonrisas mutuamente que más tarde se devolvían adornadas. Lo siento, te quiero. Sé que te hice daño y lo volveré a hacer. Y tras la separación, que no olvido, llegó esta carta.
Espero que me recuerdes, decía.

Apenas una frase que lo empujó a levantarse de la silla, no el sillón donde muere ahora, sino aquella silla donde se sentaba años atrás, a tomar el café, fumar y leer. En casa, que no era su casa pero era donde vivía. Con su familia, que no era una familia pero era la suya. Leyó esa frase y salió disparado, hacia la ventana, asomándose al patio de interior. Sacó un cigarrillo instintivamente, con un golpe seco automatizado. Lo encendió. Primera calada, larga. Honda. Hasta lo más profundo. No está tan seguro de recordarlo como de imaginarlo. Total, ni siquiera se pudo ver a sí mismo. Quizá lo que realmente sucedió después quede perdido para siempre en el olvido, pues de ello sólo guarda en su memoria una vaga expresión. Echó el humo, eso lo tiene claro. Y que rellene quien pueda, si así se desea, el hueco que queda entre la sonrisa y el suspiro.


Viajó, viajó mucho y a veces, sin la seguridad de volver. Viajó con la casa en la maleta y a llanto tendido, puesta la vista, con pinzas, en un horizonte que siempre parecía lejos, aunque no tan lejos si pensaba que no tenía adónde volver. Ningún país es tan extranjero si no se tiene trabajo, si no se tiene hogar.

Recuerda con gracia aquel primer paquete de tabaco que compró en un idioma que no era el suyo y que más tarde hizo suyo, jugara de pequeño en la lengua en que jugara. Ensayó las palabras y al bajarse del avión, aún sin salir del aeropuerto, se dirigió al mostrador más cercano y pidió, un poco torpe, con nervios de juventud, un paquete de tabaco y un café. Sabe que pidió un paquete de tabaco y un café, pues así lo decía el ticket. Lo guardó, de hecho. Como recuerdo. Seguramente soltó también aquella frase que había practicado. ¡Excelente, fantástico! ¡Gracias! Tras eso, supone, recogió el cambio o dejó propina y salió a fumar. Y si terminó el piti o lo dejó a medias es algo que no importa, lo que hace que recuerde este cigarro es que, tan expectante por todo lo que le esperaba, una nueva vida y demás, etc etc,  ¡en fin! Se había marchado sin tomarse el café. Se le olvidó, sencillamente.


A menudo, el placer de fumar pasaba por sus labios sin que lo llegara apenas a oler. Cuando se fuma mucho uno no llega siquiera a saber cuántos fuma al día. Un paquete, dos, podría decirse antes de irse a dormir, sin poder decir si fumó o no tras salir del baño, a eso de las tres. A menudo, como con los deseos vacíos, una conversación insincera o un placer que en realidad no se anhela, se fuma porque sí, sin más. Como quien pasa de largo, sin percatarse de que vive. Sin mirar el cielo a través del humo, que con el sol o la luna de fondo pasa de ser humo a un bello paisaje en el que detenerse un poco, un momento. A besar a alguien o fumar como por primera vez, por qué no.
Fuma si quieres, le dijo su padre una vez. Pero hazlo bien, traga el humo y saboréalo.


Con el tiempo, las anécdotas se suceden en su memoria agolpándose, mezclándose unas con otras y dejando, entre ellas, aros de humo que siempre quedarán huecos, vacíos. Por ejemplo, pareciera que todos los cigarros de una época se mezclaran en uno solo. Eso es lo que le ocurre con aquella chica, con la que volvió a fumar, tras dejarlo durante años. La imagina siempre con un eterno cigarrillo en la boca, aunque es obvio que no podía estar siempre fumando.

Tampoco podría decir en qué momento exacto empezó a fumar, sólo a partir de qué momento podría decir que ya estaba enganchado, fumando a diario. Aquella noche, aquella en particular, en que esperó a su chica, su chica de entonces, en el portal. En el portal de ella, fumando y pensando.
Algún día bajará.
Porque algún día lo haría y allí estaría él. Al menos mientras le quedase tabaco.

Y bajó, cómo no. Cuando fue ella la que ya no podía pasar ni un minuto más sin fumar. Y la retuvo, vete a saber cómo. Con mono ella y él, durante una hora o dos, echándole el humo en la cara al no parar de hablar, ni un instante. Le dijo todo lo que tenía que decir, mientras ella lloraba a veces y también reía, igual de enfadada que con ganas de perdonar. Conquistada, coloreando juntos el humo con la mirada.

Luego fue a él a quien se le acabó el tabaco, dijo de irse. Ella le propuso subir a dormir. Una última vez. Fumaron hierbas prohibidas, una vez y ya está. Sin que se fuera a repetir. Compartiendo el placer de fumar de boca a boca. Siempre queriendo uno más, un poquito más, ni que sea. Siempre insatisfechos.


Este viejo siempre supo que fumar era algo malo, el cansancio atacaba a sus pulmones, cada vez más negros y enquistados de tos. Fumaba a sabiendas de que su vicio lo acabaría matando, lenta o rápidamente, a modo del cáncer o haciendo de sus pasos apenas un rastro de humo donde cada vez hubiera menos a lo que agarrarse.
Como con esta amante, con la que tanto disfrutó del amor, un amor cancerígeno que hizo sufrir a los dos. Un amor imparable, obsesivo y malsano con el que aprendió, en fin. Que con querer no basta. A veces no basta con querer dejar de fumar. A veces no basta con sencillamente querer seguir juntos.  A veces, aunque sea absurdo, lo que más se quiere en la vida es respirar humo.


¿Y por otro lado, qué hay de aquel cigarro que gustaba de echar tras acostar a un hijo, el suyo o el de algún amigo? Fue este viejo siempre una persona muy curiosa, a la que no le importaba que los niños llevaran su nombre o tuvieran sus ojos, su color de pelo. Detalles sin importancia para alguien a quien realmente le importaba qué mundo dejaría tras su paso. Para él, un niño podía no ser su hijo pero, de algún modo, sí su descendencia. El futuro que habían parido entre todos y ante el que se cuidaba de no fumar.

Prevenía a los jóvenes advirtiéndoles que mejor, hacer lo que él les dijera que hagan, no lo que le vieran a hacer. Sabía que no siempre hacía bien.

Así pues, aconsejaba que lo importante en la vida era hablar, reír y dar besos. No es mucho más lo que hace falta para una vida feliz.

Aunque sabía también, eso sí, que por mucho que enseñara a quienes venían tras él, estos habrían de cometer sus propios errores. Quizá no los mismos en que falló él, pero sí otros, los suyos. Igual de necesarios para aprender sus propias respuestas, seas cuales fueran estas. Aquello que él llamaba sabiduría del corazón, sea lo que fuera eso.


Aunque nunca leyó demasiado, llegado a viejo todo el mundo tiene historias que contar. No las que fantaseaba, de crío, pero sí más de lo que podía imaginar cuando aún era joven. El relato de su propio camino, que no aparecerá en los libros sino entre líneas, dando grueso a la Historia con cuanto de vida cotidiana hay en ella.


No sabe muy bien por qué, se repite en su cabeza, igual que una canción que nunca suena igual, el recuerdo de un cigarro especialmente tonto y cariñoso. Un cigarro que seguramente pasó a engrosar las colillas del suelo más pronto que tarde,  sin darse uno cuenta de que ya se le había acabado. Fue en una ciudad extraña que, sin saberlo él entonces, era apenas una ciudad de paso en su historia. Su propia historia. Conoció allí a una chica de la que no guarda ni el nombre en la memoria. Si hablaron mucho o poco no importa, apenas recuerda nada. Eran compañeros de trabajo que casi nunca coincidían. Cuando él llegaba, ella salía. Sólo una vez, o al menos sólo recuerda una, coincidieron en un turno nocturno. Un turno que se alargó durante toda la noche, continuando tras salir del curro en una fiesta a la que él la llevó, o quizá fue al revés.

Quiso acompañarla a casa, que es como decir que quiso algo más que nunca llegó a suceder. Fumaron juntos, en la calle, un último cigarro antes de irse cada uno por su lado. Ella no quería más, tan sólo un cigarro mas, alargar un poco el momento hasta darle un beso, vete a saber por qué. De improviso.
Anda, pa' que no te vayas sin ná, le dijo.

Y luego subió a su casa, sin nadie que la abrazara. Él se fue también, a la semana siguiente. A otra ciudad. No lo tenía planeado, fue algo que surgió y que lo separó de ella, sin que nunca más volvieran a cruzarse uno entrando, el otro saliendo.

El mundo siguió girando, llevándose consigo el polvo de mil vidas y aquel beso que se dieron con ganas, con sabor a alquitrán y regusto a las cosas que se acaban. Un último cigarrillo, cada vez más corto. Con regusto a amores caducos y sonrisas ladeadas. Que al fin y al cabo, son amores y sonrisas.

La cuenta atrás llega a su fin, dejando tras de sí no más que un hilillo de humo eco de palabras por la muerte disipadas.

Anda, pa' que no te vayas sin ná.



Chuleta con espinas


Ella
se crió en el campo
enseña los dientes, salvajilla
y tiene una perra enorme
como mejor amiga

Él
de lengua rasposa
huele a mil pescados, a los callejones de atrás
y sonríe, azuzándola
burlándose de que la mu' gitana
gruñe a todos los machos, al pasear
tensando la correa
pero se delata, cuando la desata
volviendo atrás
deseosa como estaba
de dejarse domar

habla de la perra, aclara él
no de la guapa
que le da de comer

pero ay, una perra es sólo
una perra
ella
mujer
sabe mover los hilos para
hacerte maullar
sabe que no puedes adoptar por la fuerza a un gato
callejero
pero otra cosa es
cena
y cama
incluso algún mimito
quizá
ella, mujer
sabe cómo atraer un minino y también jugar
con la ilusión de quien la abraza
al dormir.


La verdad tras esta fábula
es cruel
no basta con decir te quiero
al final
no basta con amar
se reaviva una y otra vez la diferencia
entre los opuestos

se eriza la cola de uno
¡odio oler a perro en
las bragas que te regalé!

y la otra saca los dientes, defendiendo su libertad
de masticar la pelota y volver
sólo si ella quiere
y jadear
sólo si este perrito
sabe cómo mover la lengua
y dónde raspa mejor

pero gata ella también, que ha visto la cara oculta
de la Luna
maúlla, en celo
llamándolo con el rabio entre las piernas
no sólo por el filete
o el pescado, yo qué sé
sino por esas caricias al oído
que hacen ronronear
a una mujer.


Y eso sí que es
para decir
guau


a estas alturas de la ancestral rencilla
entre razas tan distintas
como iguales
pase lo que pase, lo que provoque su separación
será algo más que una discusión
entre un Romeo, tan gato
que es de postín
o al revés
y una Julieta
tan perra, tan suelta
que no muere por ti, por mí
ni por nadie
pero que antes mataría
que decir adiós.

No te digo que lo siento, se ríe él
mordiéndole la oreja
no te voy a devolver la espinita
que tenías clavada
en el corazón
atravesándote justo
donde la falta de
amor.

Sehnsucht nach Paris


Y qué hay de esa chica
berlinesa
de pelo rosa
infantil

una lolita
si estuviéramos en América
una de las juventudes hitlerianas
inocente,
si habláramos en un prostíbulo
poético

el nazi que algunos llevan dentro
delatado en un guiño, un gesto sugerente
las armas, a sus ojos
son un símbolo de paz
hecho de dos fusiles y un consolador, apuntando hacia arriba
la esvástica
un corazón del revés
carta de amor torcida
una bandera ante la que 
tocarse el labio

esta niña
anhela París
conquistar una esquina
del cabaret
enamorarse
ser una puta
maquillarse con los colores del exterminio
mezclados
hasta hacer una pompa de chicle de fresa
una burbuja alrededor de la torre Eiffel
con la que jugar
hacer algo salvaje
masturbarse con un chupachups
explotar en un beso
que te deje cicatriz
empapado 
convertido su odio
en orgasmo
le petit mort
le dicen en Francia

y ella quiere morir un poquito
abierta su boca
al placer.


La risa de los yonkis

Cabalgatas de indios danzando por la ciudad emplumados en mierda con gorrillas de pedir en los aparcamientos y las bocas desdentadas por el caballo chupadas las caras como globos de carnaval inflados a pinchazos a jeringazos silbando rechinando mofaiuoundeuse de la cordura.

Para ti, mañana no será más que otro martes tris.
Para mí, mañana es Mardi Gras.

Gatito

Desorientada, arrastrando el cansancio de todo un día, nuestra protagonista sube al vagón de metro y posa la canción que lleva en la cabeza contra el cristal de la ventanilla. Cierra los ojos, dejándose mecer por ese ronroneo del traqueteo que a veces chirría, arañando sus oídos con el bufido.
De costumbres discretas, suele sentarse donde no hay nadie al lado y, a veces, tras esconder la vista en un libro o un rincón, se queda dormida y sueña.
A menudo no despierta hasta ya bien dejada atrás su estación.
Vuelve de clase o del trabajo, no me sé esa parte de la historia y tampoco importa, pues nada en ella destaca más de lo normal. Sólo tiene una manía, una pequeñez, y es que cada noche coge una línea distinta. Una diferente combinación de metro, autobús o tren. Dirección a cualquier estación al azar. Como si ese fuera justo su destino deseado. Su modo favorito de volver a casa: despertar por algún sonido casual, perdida.
Quizá lo que la trae de vuelta al mundo es una voz, alzándose por encima de lo normal. Intentando ser escuchada al otro lado de un teléfono, a través de las interferencias, colándose por entre el ruido del vagón y los silencios del mp3 hasta llegar a los oídos de la chica...
Mi, ra, u, mew.
Y podría ser igual un maullido que un "mírame".


Retrasa el momento de llegar a casa, caminando el último trecho bajo la tormenta y sin más paraguas que su canción (ra, ta, ta...) y el recuerdo de su despertar, aquí allá. Rodeada por las huellas de cuantos pasaron por su lado sin que los llegara a escuchar. El agua de lluvia que el mundo llevaba pegado a los zapatos, apenas una estela fantasmal.
¿A qué le tiene miedo esta niña?
Escondida bajo las cornisas, esquiva sus propios pasos como si se quisiera perder, o, tal vez, evitar que la encontrasen. Nerviosa, huye de su propia casa al tiempo que se acerca cada vez más, dando vueltas en espiral. Si la pudiéramos ver desde arriba, aguardando cautelosamente desde algún saliente, para no espantarla, veríamos que dibuja pasito a pasito una soga hecha de calles, bares y esquinas por entre las que se escabulle, perseguida por su propia silueta vacía bajo la lluvia, sin conseguir dejarse atrás.
Clava sus llaves en la cerradura del portal, sintiendo en sus huesos empapados cómo crujen los dientes de metal, un cepo donde hundir su indecisión... Esto, ¡eh! ¡Espera!
¿Qué ha sido eso?
Ah, no. Nada, perdón.
Le pareció que sonaba el móvil, pero sólo era ella. Temblando. Resuena en su cuerpo el eco de un vacío que la persigue, acosándola en el metro o en sueños, por todos los rincones de una vida sin adornos, sin luz apenas ni ningún recuerdo de color.
Vive en el quinto, llama al ascensor y espera.
Y sube.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Para cuando llega arriba, se pregunta: ¿es que debía de suceder algo?
Nada.
Empuja la puerta de su casa, con rutinaria normalidad. La misma rutinaria normalidad del día a día por la que olvidó cerrar las ventanas por donde ahora corre furtivo el aire, pegando un portazo en el baño, en la cocina. Pum, plaf, joder. Los suelos están llenos del agua que se ha colado a hurtadillas.
Con la espalda contra la puerta, apenas se atreve a asomarse pasillo adentro, al interior de su propia casa. ¿Qué coño pasa, es que está loca o alucina? Siente una presencia que la acecha, felina, atravesando su cordura entre un portazo y un suspiro.
Conociendo la respuesta de antemano y tiritando aún de frío, nuestra chica se asoma a la mirilla, a la oscuridad, como pidiendo ayuda, y grita en silencio... ¿Hay alguien ahí? Como llamando a la puerta del revés. Sin obtener más respuesta que el estruendo de una nube estrellándose contra el ventanal, un tintineo que bien podría ser la lluvia, sin más. Una gota que resbala por la mejilla de su reflejo en un cristal. O, no sé. Las pisaditas de un gato obsesivo.


Se desnuda rápido, con ansias, dejando tras de sí en el pasillo su abrigo, pantalones y un reguero que más tarde tendrá que fregar.
El grifo de la bañera se derrama como un caño de cristales partidos mientras se termina de desnudar, disfrutando del primer momento íntimo del día. Por fin, adiós al sujetador. Tira las bragas en una esquina, levantando con ellas una nube de vapor que ciega al espejo. Una nube que la rodea en un abrazo incorpóreo al que ella responde agarrando el mango de la ducha, que, con la pasión de un amante, escupe sobre su cuerpo un chorro de agua caliente regulable a distintas intensidades.
Nuestra chica se acaricia un mechón, sin sorprenderse a sí misma cuando, al bajar, se detiene en un pezón, agarrándose luego una teta y, por último, abriendo el capuchón para escribir una poesía recitada a gemidos. Relato por el que entre líneas se cuela un gato, un gato, sí. Maullando en sus fantasías, igual en celo que bufando, desde el otro lado de la imaginación. Como si conviviera con ella, pared con pared. Sin mostrarse más que a través del miedo, en un escalofrío que parte desde abajo de la columna vertebral y la recorre, hasta la nuca. Erizándose el vello sin que nadie la toque.
Cuando sale de la ducha, con el orgasmo a medias, aterrorizada por lo que no fue, el espejo chorrea de sudor y le devuelve la imagen de su placer convertida en soledad.


Antes de dormir, se prepara algo fácil y rápido de comer. Algo sencillo, lo que sea; su plato favorito, tan para una sola que no se lo pondría a nadie más. Una de esas ensaladas que venden envasadas, por decir. Con el cariño que una le pone a las cosas cuando quiere acabar, terminar ya, limpiarse las manos e irse a dormir como si aquí no hubiera pasado nada... Así, la aliña con aceite, un poco de limón y le echa algo de albahaca por encima, para darle el toque. Y remueve. Y se encuentra entre el canónico y la lechuga una mosca muerta.


Lluvia. Lluvia es cuando lloras y hablas con el gato para no hablar sola.


Miso, miso, ¿hay alguien ahí?
Ven. Ven, que todo está en paz... Ven, te enseñaré dónde la lengua raspa mejor.
Siento que me odias, ¿no te das cuenta? Siento que me odias. De verdad, siento que me odias. Aunque gracias por estar siempre ahí, excepto cuando las cosas se complicaron y al echarte, te fuiste.
¿Por qué me mentiste? No, sólo te ocultabas por miedo, ¡pero, miedo a qué! ¿Quién soy yo para ti? Abrázame. Una última noche, ven a dormir conmigo, una vez más. Ven conmigo a la cama, sin que se te retuerza la mirada. Mírame a los ojos, gato de mierda, qué haces restregándome así el rabo entre las piernas. ¡Qué tierno que quieres quedar, y te babean hasta las pupilas!
Márchate, haz lo que te dé la gana pero a mí me dejas en paz, cabrón. Me haces daño, deja de arañar mi vida entera.¿No te das cuenta de que no te puedo olvidar?
Te quiero, te quiero.
¿Te crees que esto está siendo fácil para mí?
Por favor, deja de maullar. ¿Sabes lo que se siente al matar un gatito, eh?
¿Qué, se, siente, al, matar, un, gatito?
¿Te haces una idea?
Siento que asfixio algo tierno en mí diciéndote adiós.






Ciertos animales de costumbres discretas

Alguien al azar encuentra en una ciudad aleatoria un retrato adentro de un fotomatón. Una cara tamaño carné impresa repetidas veces, cuatro por cuatro, en un papel que antes era un rulo y ahora, cortado, da como resultado un mosaico de fotografías con la mirada al frente. Como debían indicarle las instrucciones. De tal modo que, para quien sostiene esos rostros entre las manos, pudiera parecer que las dieciséis miradas van dirigidas directamente a él. O a ella. Un encuentro de tú a tú o de nadie a nadie, igual podría ser.

Según una conocida teoría, la puedes encontrar en internet, no hay entre dos personas cualesquiera más de siete escalones, un máximo de siete enlaces que darían a unir cualesquiera dos eslabones perdidos. No obstante, las cámaras de videovigilancia graban diariamente a millones de personas que nunca volverán a pasar por ahí. Dónde queda exactamente “ahí” es indiferente. Se trata de lugares que no son lugares, pasillos donde la gente no se para nunca. Es en estos resquicios del día a día donde transcurren las leyendas urbanas, como si fueran sitios de fantasía. Esas historias que siempre tienen como protagonista al amigo de un amigo de nadie y de todos a la vez. A “la gente”, dicho de otro modo. Ese enorme grupo del que todo el mundo habla y donde nadie se incluye. Ya sabes, la gente.

Y sin embargo, ahora. En este preciso instante, en algún lugar indefinido, una chica que cumple con el estereotipo de adolescente, sea quien sea eso, echa de menos que la cojan de la mano.

Una vez, en lo que dura un trasbordo, dos desconocidos se descubrieron, cada uno por su lado, caminando en paralelo junto a alguien que se descubría, caminando en paralelo, junto a alguien. Sus miradas no se encontraron cuando, al mirarse de reojo, se dieron cuenta de ello y decidieron acercarse, como por error. Lentamente pero cada vez más. Si les preguntaras, dirían que fue casualidad. Y así iban, como dos líneas que se juntan tan sólo en el infinito. Hasta que un momento dado, ya casi al final, rozaron sus manos apenas un instante, lo justo para saber que sucedió pero sin dar la oportunidad a sentir calidez. Uno giró en la dirección A, la otra en dirección B.

Si hablas por teléfono, en voz alta, en el andén, mientras en el andén de enfrente alguien habla en voz alta, por teléfono, los dos podéis mantener, a la vez, la mitad de una conversación predecible... Qué tal, bien. ¿A qué hora... ? Tengo ganas de verte. Sí, yo también. Te quiero, te quiero...

Hay quien llama a esto "voz del anonimato".

¿Cuál dirías que es la probabilidad matemática de que use la misma alarma despertador que tú?


Flash

A veces sueño con nuevos paisajes, otros mundos
tierras impensables que entreveo durante los
momentos más cotidianos, vuelvo del trabajo,
camarero, fregaplatos,
lo que haga en ese momento, mecanógrafo
jornalero, albañil o limpiador
un poco payaso, en definitiva
locuras entre las cuales veo
regiones lejanas
quizá otra dimensión donde las luces
vibran
tienen un color nuevo, no el mismo y más brillante
sino un color nuevo
al que saludar en bicicleta
de camino a la playa
sintiéndome loco
sí, sí, sí, esa es la palabra mágica
llave de una sonrisa que baila
desbocada
y sin herraduras
haciendo eses
al son de un mp3, en aleatorio
que te guiña con una canción
directamente
de tú a tú

A veces me pregunto en
la ducha
por qué no inventar una nueva religión
algún ídolo pagano al que rendir tributo
alzando las botellas de agua a los rayos o
los graves
de un altavoz
hola vida, ¿este soy yo?
igual un indio que echa de menos África
sin haber estado nunca allí
o igual un mono deseoso de
golpear cosas con un palo, una polla
un mando de televisor o
una pluma de luz de neón con la que hacer
cosquillas
escribir una carta de amor
puede que una chica guapa esté viendo todo esto
hola niña, ¿cómo estás? ¿eres feliz?

A veces me gusta decir tonterías
por el placer de decirlas
dejar de lado tanto por qué, por qué, por qué
y subir a un escenario
decir algo, lo que sea
en el metro mismo, soltar amarras
¿por qué tengo tanto miedo a decir te quiero?
quiero que una mujer me cante
quiero regalar poesías
quiero hacerte un sandgüich
con lo que tengas en la nevera
hacer burbujas en el aire
con los lugares en que te imagino
con ganas de agarrarte todo y
hacer plop

A veces ver a un niño caerse
levantarse
riendo, riendo
llorando y llorando
para seguir jugando
significa
el sentido de la vida
y eso es todo
no hay más
los nuevos dioses
no son lo que decía el profesor
es la psicodelia
tomarse una pastilla
en la universidad
despertar
en una fiesta de disfraces
firma aquí, y aquí
estás contratado, despedido

A veces siento animales dentro
de mí
escucho a los discos de los Doors arder
son el sol de este extraño cielo rojo
un poco mágico
el pigmento de este extraño mundo
adonde te lleva el trance y el sexo
ese más allá, al otro lado
de unas pupilas eclipsadas por
el mdma, un pálpito
un gesto sugerente que no es sino
el universo
pugnando por nacer en una
flor
explotar en un beso
que rompa el infinito entre
uno y dos
la delgada línea entre no
y ojalá
la delgada fisura en un coño que separa
un
no
yo ya no tomo drogas
y un ojalá
ojalá me vuelva a enamorar

esa luz de
fantasía
que hace posible
en un sitio tan ridículo
abrir una puerta a lo impensable
y raptar, en silencio
un
te quiero




Pretty Polly

Oh, Polly, Pretty Polly, ven, ven conmigo. Niña, dejemos todo para largarnos lejos de aquí. Oh, Polly, bonita mía, Pretty Polly, ¡ven, ven junto a mí! A cualquier otra parte, a través de las montañas y los ríos. Verás qué mundo tan bello rasgaré en mi guitarra, para ti. Oh, Polly, Pretty Polly, te traje un regalo de futuro y pido, con él, tu mano. Casémonos, por favor. Mi cuchillo servirá de espejo en este final feliz. ¡Míranos juntos, Polly! ¡No apartes la mirada, Pretty... Puta! ¡De acuerdo, muérdeme! Pinta tus labios con mi sangre y mira, ¿acaso no nos ves, al filo de la navaja? Un telón rojo de sexo y dolor resbala por nuestros cuellos, el final está cerca, oh, Polly, tienes el rímel corrido, Pretty Polly. Oh, furcia mía, ¿por qué lloras? Ponte un vestido roto y quemado, Polly, este es un día especial. ¡Oh, Pretty Polly! Una nube atraviesa tu jardín y ahora, marchitas ondean al viento las flores de tu pelo, huyendo de mí. ¡Polly, Pretty Polly! ¡Niñita acongojada, qué bien se te da gritar! ¿Es que adivinas que estás apunto de ser devorada? Corre, Polly, intentando escapar. Corre en círculos, oscuridad abajo, adonde no te espera más que la noche nupcial. Una tumba, Pretty Polly, la cavé para ti. Con amor. ¡Escucha tu corazón, Polly!... Te tambaleas apunto de caer en el abismo que son tus ojos, Pretty Polly. ¿Cómo es que aún te mantienes en pie? Tus cuencas están vacías, posee tus huesos y danza adentro de ti un loa vudú, ¡esa es tu alma, Guede, Samael y todos los verdugos de la santidad! Oh, Polly, es la sangre de un gallo degollao' lo que te anima a cantar y escupir ron a la diversión. I'm pretty like drugs, I'm pretty like drugs...! Dilo para mí, Polly, haciendo el amor entre fauces salvajes. Canta con mi puñal adentro de ti, al son de esta marcha fúnebre que son tus latidos, antes de morir. ¿Qué es lo que te sostiene, sino tu voz? Polly, Pretty Polly, maldita eres entre todas las mujeres, te baila el alma sobre las cuarenta serpientes de color que se retuercen en tu mirada. Oh, Polly, dama mía, ¡Pretty Polly! Me dan ganas de hacerte todo antes de morir. Incluso morir, junto a ti. Oh, Polly, Pretty Polly, de esta podrás cantar que te folló la muerte. Es el fin.


El infinito entre uno y dos

No me fue del todo difícil
odiarte
pura supervivencia
la respuesta natural a tantas noches en vela
unidos tan sólo por una sábana tensa
que cubría a un nosotros
cortado en dos
cómo no vomitarte encima
todas las resacas
me preguntaba, con frío
en la mitad de mí
abrazado a la soledad
un gesto encogido, feto lastimero
aborto que sé, eso me justificaba
me dolía más a mí que
a ti

No me importó demasiado
ser cruel
sólo tuve que cerrar los ojos
dejarme llevar por la pasión
mientras nos alejábamos, hacia el filo
de la cama
desandando el camino, besándonos del revés
con ternura, con cinismo también
oliendo cada vez más lejos
nuestros labios
a través de un cigarro torcido
que compartíamos
después de nunca
como un amor del que sólo queda
humo y tos
una despedida sin fin
sin dejarnos nunca de ir
sin terminar de decir adiós

adiós

una amputación del otro
quizá el mejor placer
que nos podíamos regalar
el mejor orgasmo
al que podíamos aspirar
juntos.