El amor puesto en un plato servido en silencio para no interrumpir la televisión

Una mujer, cenando con su hija. Comen algo sencillo, de su país, frijoles o no sé. Amor diluido en rutina con un poco de televisión. El silencio entre las dos sólo es interrumpido por el masticar, delatando con su monotonía la misma pesadez que se oculta tras las repetidas frases de siempre, esos clichés en que cayeron cuando murió la comunicación. Ahora miran la tele, sin más, sin darse cuenta de que es la excusa perfecta para seguir masticando, sin hablar, pareciendo casi hasta natural. Y entonces es que suena el móvil, número desconocido. La madre baja el volumen del televisor, responde al teléfono, y, tras el "haló", escucha la voz de su jefe. "Sabes que no te puedo echar", le dice él. Y sólo el timbre de voz ya le suena como si rayase un plato con el tenedor. "Así que te haré la vida imposible, hasta que te vayas tú". Y lo suelta tan pancho, con la boca llena, provocando que a la pobre mujer se le atragante la cena y le falte el aliento, la chica en pie  dándole palmaditas en la espalda, Jesús, María y la Virgen y ella tose que te tose, asfixiada de ese modo en que le falta el aire a la gente que lleva la vida entera tragando mierda, joder, hasta que como por un milagro consigue escupir. Victoria agridulce que únicamente atestigua la niña, pues cuando la respuesta llega al teléfono ya no hay nadie al otro lado con quien hablar, sólo la cría, que escucha a su madre decir: "mira, yo tengo una hija que alimentar". Y los ojos le brillan pero no por la emoción, sino llorosos por la tos; "yo tengo una hija y no me voy a dar de baja, ella vale más pa' mí que toito to' lo que tú me puedas hacer pasar".

Cantus Post Machina

La Máquina,
la gran rueda
el mayor invento
de la humanidad
Ciudad sin cielo
hecha de matemáticas
esfera perfecta, plana
de ventanas anónimas
y una red de carreteras
que sólo da vueltas
asfixiando, en el eje
al corazón:

Un jardín, 
el último que queda ya
laberinto electrificado
sin entrada ni salida
Agujero en el mundo
tras el que se esconde, al fin
imposible de pensar,
una puerta
por cuyo ojo, la llave
se coló, quién sabe cómo
al otro lado:

Y allí, palpitante
el universo prometido
de un color aún desconocido
pugnando por nacer
La rosa con espinas
que todos tienen en la boca
como excusa, para herir
 y seguir, así, construyendo
fajo sobre fajo,
de argamasa, tuétano y sangre
La Máquina
Esa enorme Catedral a la Razón
Santa Guillotina
educando, con impetuosidad
un ladrillo más
para el muro de los lamentos
custodiando,
en el interior
tras la nada
su razón de ser:
Una flor que, tras la Creación
pactó con el Diablo
no ser juzgada, nunca, por el Sol
y ocultar, así,
que es de plástico
artificial.

Chuleta con espinas

Ella se crió en el campo y por eso su aspecto de salvajilla, a juego con la perra enorme que tiene como mejor amiga. Él, burlón, bromea a veces con lo iguales que son, azuzándola, riéndose de que la muy gitana gruñe a todos los machos cuando sale a pasear, sin acercarse nunca hasta delatarse dejándose domar deseosa como estaba de tumbarse ante ti... Y así es que lo acaba por morder; por mucho que sea el único a quien confía su mayor amistad, sin que haya tirones de correa para que salga con él a pasear, no deja de ser una perra y como no la trates bien no dudará en revolverse dispuesta a atacar. Hablo de la mascota, claro, no de la guapa que le da de comer. Pero cuidado, que aunque él siempre haya sido de gatos, acostumbrado a lamerse el ego antes que ser atento e irla a buscar, hay que reconocer que la mosqueona sabe mover los hilos para hacerte maullar; no puedes adoptar por la fuerza a un animal callejero que huele a los callejones de atrás, pero otra cosa es que siempre haya cena y cama preparada -incluso algún mimito quizá- para cuando vuelvas de no tener dónde ir. Pero eh, insisto: esto va de cómo juega ella, la chica, con él, el gato, ¡la mascota! Y no con la ilusión de quien la abraza a la hora de dormir. Y hablando ahora de los dos, de la perra y del gato, menuda curiosa relación; mira que se han enzarzado veces, marcando el territorio, demostrando que las cosas no son tan fáciles como para que baste con amar; una y otra vez se reaviva la diferencia entre los contrarios, erizándose la cola de uno -¡no aguanto el olor a perro en las bragas que te regalé!- ante los ladridos de la otra, que, dientes fuera, defiende  la libertad de correr desatada, masticar la pelota y volver si tengo ganas de jugar, sí, pero libre del anhelo por que me hagas sacar la lengua y jadear. Lo dice la ella gata, la orgullosa e independiente que ya ha visto hasta la cara oculta de la Luna como pa dejarse engatusar por un animal traicionero que cuando menos te lo esperes te va a bufar. Un caza ratones tan torpe que parece más bien atraer a la peste, siempre dándole con la cola a la confianza que guardabas en su fidelidad. ¡Pero buff! Si por alguien saca el gato su faceta de perrito en esta historia es por el cariño que ella -la muy perra- le aúlla tras la eterna discusión, atrayéndolo sin rabos entre las piernas y no solo por el pescado, o el filete, lo mismo da, sino domesticado al fin por esas caricias para los oídos que hacen que no pare de ronronear. Y eso sí que es para decir guau, porque a estas alturas de la ancestral rencilla entre razas tan distintas como iguales, pase lo que pase lo que provoque la separación será algo más que una discusión entre, yo qué sé, dudo acerca de quién hablo ya; diría que de un Romeo tan gato que es de postín, o al revés, y de una Julieta tan suelta que no muere por ti, por mí ni por nadie pero que muy en contra de su instinto tendría que ir para decirme adiós. Y es que blah, confieso como gato y perra a la vez, sin que haya mascotas sino amantes en esta relación, que nos veo antes matándonos que tomando direcciones opuestas y no te digo que lo siento, sigue mordiéndome la oreja, así, que no te voy a devolver la espina que tenías clavada en el corazón, atravesándote justo donde la falta de amor.

Érase una vez el capitalismo

"Plaf". Así es como suena una lubina marinada contra el arcén, un cuerpo muerto y con los ojos secos debidamente condimentado para satisfacer hasta el mejor paladar; aprf, primero viene el golpe en seco, el desparrame de tripas y luego el "hijosdeputa joder", la indignación, el pringado de turno mirando hacia arriba sin comprender -siempre tardan en darse cuenta de la realidad- qué ha pasado ostia puta cabrón, ¿en serio es que un perturbado se dedica a tirar por la ventana menús de degustación? Pues sí, a ver si te doy en la cabeza hasta mancharte las ideas con aceite del Penedès, lubricando tu ciudadanía haciendo del malo que necesitas para sentirte bien culpándolo de las desgracias de la humanidad. Y con la lubina he fallado, pero aún me queda el consomé de bogabantes y una bomba de racimo con sabor a caviar, ¿en el fondo qué más da? Mi amigo el hijo de un buffet de abogados -la justicia al mejor postor- dice que lo que él hace no es tirar comida sino vomitar la Verdad; para él para él como para otros muchos más, la gente es mierda y lo que hace lanzando al aire una magdalena mojada en cava del 83 no es otra cosa que recordar a los viandantes la poca cosa que son. ¿Sushi del VIPS? Si lo miras con la suficiente sofisticación lo que se te cae encima no es  arroz es la demostración palpable -directa a tu jeta- de que eres basura no vales más que cinco euros la hora por y para mi diversión, querido sector servicios al que pertenece la mayor parte de la población. Lo suscribe la rusa de apellido Kaláshnikov, esa que se lucra del sufrimiento ajeno y no es que me caiga bien, pero es igual que yo; todo le importa tres cojones y tiene tarjetas de sobra para comprar a quien disparar su cinismo fruto de la falta de amor. Yupis de la posmodernidad, nos reunimos cada domingo en un apartamento vacío sólo para cagar nuestro poder tirándote a la cara los platos que tú no te puedes permitir pero que nosotros pagamos gracias a tu puntualidad; lo que te tiro desde la superioridad moral de mi ventana no es foia de pato micuit, es una lluvia dorada sobre tu esfuerzo trabajando duro día a día hasta la cada vez más tardía jubilación. Es la burla de tu jefe, la indiferencia hacia ese préstamo asfixiante que nunca podrás pagar te jodes desahucio al canto y ahí va un helado de plátano, whisky y café, en parábola desde la psicopatía colectiva a tu sentimiento de inferioridad, gilipollas, desperdicio de este mundo al que no le importas ni tú ni tu cartera sino sólo hacer de la vida un vertedero cada vez más grande aunque sea con un montón de cadáveres hinchados muertos de hambre y no te creas tan diferente de mí, con la comida que te dejas cada medio día podrías alimentar a dos niñitos del África tropical. Pero vaya, que tampoco soy tu madre; lo mío no es decirte que te comas la comida, es tirártela a la cara plaf y já y já y já.

El piso

Currando en cualquier mierda de trabajo con desgana, dudando cada mañana si dejarlo, así, ya, ahora, mientras suena el despertador, sabiendo que todo tu esfuerzo no llega para pagar el alquiler a fin de mes, cobrando en negro lo justo para que algún colega te deje quedarse en el sofá. El Papín vino desde Chile a sus treinta y tantos, más ido que viniendo, porque ni papeles de residencia ni saber estar; niño eterno, perverso Peter Pan, un tipo siempre con ganas de más pero sin ninguna aspiración. El tipo de persona que de tanto pasar hambre ha aprendido a ser feliz mangando pasta y arroz, disfrutando de una buena comida como sólo lo saben hacer quienes no tienen ná de ná. Por eso mismo es que envejece sin aprender, sin buscar nada mejor ni querer crecer; si viste como un crío y juega a patinar en skate no es por un casual, y es que lo único que sabe hacer es ir por la vida como en un parque de atracciones donde él, el gran don nadie, ha adivinado el truco para ganar: no querer ganar. No querer ser nada. ¿Papín? ¿De qué? Hasta el apodo que él mismo se dio es una broma, una parodia de un futuro que es incapaz de engendrar; su legado no será más que el eco de una alegre explosión, las carcajadas resultado de dinamitarte desde dentro tragándote bombeta tras bombeta de mdma.

*****

Takane tiene tatuado un "suicídate" en su mano izquierda, en un dedo. El índice, el que da las indicaciones. Es zurda, y cada vez que hace algo -a su modo, al revés de como debería ser- se recuerda a sí misma que va en la dirección equivocada, pero que esa es la dirección que su propio cuerpo le pide seguir; africana, zumbada perdida, la oveja negra que pinta en óleos el color que le falta a su vida, queriendo dar significado a través de la expresión a todas esas botellas de vodka vacías, intentando otorgar algún valor a todas esas noches en que fue escupida de cualquier bar -igual que fue expulsada de la universidad o ignorada por los futuros divorciados que la acogieron en adopción- como a quien se le veta incluso el derecho a tener un lugar donde sentir no encajar, preguntándose cómo puede aguantar la gente sin drogas su día a día. Takane, la que siguió el camino que iluminaba la noche hacia la autodestrucción y se quedó loca, pillada, suspendida en ese agujero negro que tiene por boca y que todo lo devora pasándose más lejos de todo "te estás pasando" hasta tragarse a sí misma, cagándose luego, con su piel oscura, convertida en una sombra de lo que se supone que debía ser.

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Camello, okupa e ilegal. Eso es lo que tengo por compañero de piso, un inmigrante que sin casa ni trabajo se dedicó a reutilizar los excesos de la ciudad; empezó vendiendo carteras hechas con tetra briks, continuó haciendo de unos escombros su hogar y luego empezó a pasar. Su dedicación a tiempo completo es ir de raves, a las afueras, al bosque, y allí -bailando con las estrellas en el lago- se encontró una vez un montón de pastillas en la orilla, medio enterradas, como oro o una fiesta cristalizada en forma de piedras preciosas que él podía recoger. Y como quien tiene una revelación, ahí, escuchando trance y a la espera de que viniera un OVNI a por él, tuvo claro lo que hacer: ya hacía años que vivía al límite de la exportación por ilegal, ¿qué importa tener un motivo más o uno menos en una larga lista de excusas para echarte del país? Así es que acabó vendiendo coca, m y speed, lo que le valió para conocer a la chica con la que finalmente se casó y aprovechando los resquicios de estos callejones que llamamos ciudad, consiguiendo los papeles de residencia alcanzando el sueño americano del revés, por detrás, riéndote por lo bajini pa que no te vayan a pillar. No es lo que se dice un modelo a seguir, pero parece feliz.

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Perra de pueblo, de jaurías más que de correas, ella no entiende de ataduras sino de respeto en libertad; criada en el campo, en una llanura donde ejercer su espíritu fiel al ladrar y correr, no la intentes dominar porque a una fuerza de la naturaleza no le puedes poner bozal. No la provoques con tu celo o posesividad, que no te va a dar la pata por ningún semáforo moral y oye, te aviso de que jugar con ella a sacudiros como un juguete significa destrozar vuestra amistad. Porque se trata de amistad, aquí no hay amo y mascota y aunque existe una forma de domarla no es lamiéndola o moviendo la cola queriéndola engatusar; su ánimo ya está babeado de cualquieras a los que olvidar que suenan todos a pitidos de whatsapp, así que si quieres sacarla a pasear no la llames por su nombre una y otra vez hasta aullar trátala de igual a igual, con la firmeza y la determinación de la honestad. Tiene fino el olfato se huele lo que dices y también lo que no, así que acércate a ella claramente sin sacar los colmillos ni guardar el rabo entre las piernas; acepta que no puedes pedirle nada a quien nunca firmó un contrato de exclusividad. Así que enciende los altavoces, descorcha el lambrusco y ponte a bailar, porque la perra salvaje anda a dos patas se llama Vero y cuando su mejor amiga, la perra de verdad, se asusta por las noches del ruido de la ciudad ella la tranquiliza jadeando al ritmo de música tribal hasta que el amanecer entra a la habitación, momento en que se pone el uniforme para ir a trabajar pensando menos en ella que en la compañera que tiene que mantener. Sólo -sólo- son dos perras necesitadas de amor.

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Hermano tardío, la mala influencia con la que tanto aprendí a vivir; me acogiste como con naturalidad en contra de cualquier consejo racional, viniendo a sacarme por segunda vez del hospital puto loco gilipollas y bla blah ya ya sé que me pasé. Lo reconozco, te debo una también por ayudarme a encontrar el trabajo que ni de coña jamás quería conseguir pero más gracias aún por ofrecerme luego drogas, gracia y magia suficiente para pintar esta vida que llevamos y que de más jóvenes repudiábamos de los colores de un alegre cantar, haciendo de este laberinto de ciudad extraña para los dos un paisaje en el que explorar nuestros sueños e imaginación. Encontrando detrás de cada una de las calles en las que nos perdíamos desperdiciando los días ocupados en pasarlo bien algo grande y maravilloso, no serás mi hermano de verdad pero contigo he sentido lo más parecido a la fraternidad desde que me largué de casa sin vuelta atrás. Junto con los demás formamos una familia bizarra que no es familia pero es o que tenemos, esto no va de lo que quieres sino que la vida al final te pone donde a ella le da la gana y así acabamos juntos Papín, el padre que daba los peores consejos en temas de mujeres; Takane, la prima lejana pesada siempre dejando mal a toda la familia pero con quien te llevas mejor que con nadie; el camello, proveedor de m gracias al cual se hace posible la comunicación entre gente que tiene demasiado que le gustaría ocultar; Vero, la relación de pareja que por no ser noviazgo es que nos podemos soportar, ella es una perra y yo una lechuza sin nido discutimos a diario pero compartimos también el pasatiempo favorito de emborracharnos cada noche y follar; y Yuste, el hermano nacido de padres distintos que me hizo volver a creer en la familia, aunque acabáramos por separarnos yendo en direcciones opuestas, pero el que yo mismo me alejara una vez de mis padres y hermanos hace que entienda que esto funciona así, querer no basta, la gente a la que quieres no es siempre la gente que puedes tener cerca de ti.

Mandala

A veces se me ocurre que, quizá, podría esforzarme. A estas alturas ni yo me lo creo, pero imagínatelo. Armarme de disciplina y construir lo que se tiene por una buena vida. Para ello volvería a empezar de nuevo, quizá en otra ciudad, una vez más; me alejaría de todos mis malos hábitos y, desde cero, planificaría una rutina de costumbres discretas. Desde lo más básico a la estabilidad de un hogar hipotecado; tan importante es un buen desayuno como el plan de jubilación. A partir de este comienzo -el último- todo estaría guiado por el propósito de llegar a algún sitio, en vez de perderme en la mediocridad. Y lo digo en condicional, "si lo hiciera", pero de verdad: supongamos que renuncio a beber a diario, fumar maría y meterme rallas siempre que tenga ocasión. Y eso sería tan sólo lo primero, pero no lo principal; la cosa no es dejar las drogas, que también. Sólo es algo necesario para todo lo demás. Tener un horario estable, retomar la carrera, conseguir un trabajo mejor. Ahorrar en salud para invertir en estabilidad, consiguiendo guiar mis pasos hacia algo, algo concreto, todavía no sé muy bien qué pero sea lo que sea tendrá la forma de un futuro prometedor. Algo mejor que esto, se da por hecho. Esa es la idea. Una vida modélica -basada en el éxito, la armonía o la paz interior, lo que te dé la gana- que sirva de excusa para tomar cada decisión; un motivo tan fuerte que convenza a cualquiera de afrontar cada día como un escalón, una prueba que superar con paciencia y lentitud, confiando en un mañana que dé sentido a todo lo anterior. El premio, la recompensa tras el sacrificio. Algo de lo que sentirte realmente orgulloso. La autosatisfacción. Algo que tener en mente cada vez que vuelva a caer, porque sí, por el sencillo placer de hacer las cosas mal. Porque tiene que haber de todo en la viña del Señor.

Spotify II

Tímida y furtivamente, comenzaron las negras y corcheas a sonar, escapándose de los altavoces y formando, en el aire, una música todavía intangible, sin un ritmo al que te pudieras atener pero suscitando ya unos primeros pasos, un tanteo de algo tan extraño como atrayente, misterio aún por descubrir. ¿Verdad o ilusión? No cobraba realidad sino lentamente, entre suspiros, anticipando algo grande y maravilloso oculto tras una obertura de dudas y de nervios, in crescendo con tantas ganas como miedos concentrados en un segundo de silencio, ese instante antes del subidón en que las miradas se cruzan, buscando la armonía entre los opuestos mientras el mundo se paraliza, explosión big bang un universo pugnando por nacer en el beso entre nota y nota musical, dos amantes que, sin pretenderlo, se enamoraron a través de Spotify, sin hablar, tan sólo mostrándose esa música que los hacía volar y que, finalmente, los fundió a ellos dos en una canción de amor tras la que nunca más hubo next track, sólo ganas de repetir.

Rita la bailaora

"En este baile no somos ya tú y yo, pues si queda algo que nos una es el vacío de la separación; te palmeo diciéndote adiós, adiós, gesticulando te quieros -llenos de admiración- al ritmo de no vuelvas joder no te aguanto estoy harta de ti, harta, me humillo taconeando de rabia pataleando como la niña de tus ojos que soy pero que sepas que mi sumisión no es sino el más profundo de los feos, te desprecio, haz conmigo lo que quieras que no te tengo miedo, no tienes poder alguno sobre mí, ninguno, ¡tócame si te atreves! Y si parece que mi cante es por pena pues no, mira, mírame, ¿te parece que estas lágrimas sean de dolor? Calla, calla, no respondas o cojo la puerta y me voy, porque en verdad si me río en tu cara es por llamar tu atención, pero escucha, escúchame, ten mu claro que si caigo en el ridículo no es más que por buscarte la ruina aunque sea arrastrándome a mí junto a ti. Te odio, te odio dos o tres veces, el odio es el único tablao en que aún me sostengo altiva, orgullosa, mirando al frente con esa arrogancia con que una disimula a veces echarte de menos, pájara sin viento pa volá en que me he convertío sin ti, ¡sin ti! La jaca más engañosa de to el campo andaluz porque me miento yo sola y a toa la gente de que entre nosotros toito acabó, pero eso no lo siento yo en mi corazón".

I lived on the moon

Intento estar atento, atrapar el tiempo, captar aunque sea una imagen de esa pantalla donde veo la vida pasar; para cuando acepto algo ya ha cambiado, todo sucede demasiado rápido -como en un videoclip donde todo da vueltas y gritas mientras suena algo estridente - hasta que al final sólo pongo el automático, con la mente en blanco, engullido en una espiral de vacío sin ser capaz de entender qué ha pasado qué ocurre quién soy yo, tanto agarrarme a disfrutar exprimiendo el momento para ahora darme cuenta de que tan sólo tengo tras de mí años perdidos que nunca recuperaré. Sin recordar qué quería, perdido en la mediocridad, sólo puedo continuar haciendo como si nada, existiendo a medias, desubicado, sin que nada de esto -y vete a saber qué incluye la palabra "esto"- importe más allá de ser un entreacto, un preliminar fuera de la Historia o qué sé yo;  salgo por ahí de fiesta, hablo de series y de política, de la vida y del amor, diciendo lo que todo el mundo ha escuchado ya por ahí, dedicando todos los esfuerzos a sinsentidos con los que solucionar cualquier otra gilipollez. Trabajar para pagar el alquiler, obligaciones que nunca te harán feliz; una carrera sin premios, seguir adelante silbando mudamente como haría una piedra al caer. Velocidad constante, sin ritmo ni emoción, una mirada sin alma esperando tan sólo la siguiente vez, viviendo lo que llamamos día a día totalmente anulado frente a la posibilidad de una próxima vez, una vez más; despierto cada noche en una espera infinita de no sé qué, con el horario trastocado, respirando el humo de llenar tazas y tazas de té con las colillas de esta inquietud, deseando que suceda aunque sea por última vez, pero que sea una vez más y ya, por favor, porque hace tanto que no siento estar donde debo estar que he perdido toda referencia y ya ni sé dónde estoy ni hacia dónde debo caminar.

El desierto crece

Si llega un día en que nuestras voces no viajen ya nunca más por el aire, sino a través de satélites y pantallas; cuando hayan dejado de existir los instrumentos musicales, sustituidos por el ventilador de cualquier ordenador, y el arte no sea más que el vómito de una máquina realizando el programa de autolimpieza; si las teorías de la conspiración resultan ser ciertas y alguna vez, al amanecer, no sale el sol sino que los cielos sean expulsados por chimeneas de fábricas fumadoras de campos como un cigarro que tirar después; en ese momento en que los horizontes ya no sean montañas, sino altos edificios erigidos como una mandíbula ideada por un dentista loco jugando a ser Dios con un soldador, triturando cuanto queda de libertad y virginidad en nuestro campo visual; si siguen apareciendo nuevos continentes en mitad de los mares, extensos vertederos sobre los que no se puede caminar, nadar ni volar, pues engullen entre el plástico a cualquier pez alimento de los albatros, pájaro de buen agüero que dejará de existir; entonces, en ese día en que en vez de árboles crezcan farolas en el campo, barras de hierro, como pinchos, enraizadas en la tierra durante siglos hasta que -en un momento cualquiera, cuando el Progreso se tire un pedo- la mierda salga como por los bordes de una alfombra demasiado petada de tanto esconder la basura bajo ella, bueno. Si algún día brota el fruto de nuestra soberbia, me pregunto si es posible que un arqueólogo dedicado a las religiones del pasado pudiera toparse con alguna película de Miyazaki -donde las fuerzas de la naturaleza se levantan contra la ciudad del hierro- y tomarlas por profecías, o, no sé. Relatos mitológicos. Cuentos para niños acerca de un mundo fantástico en que la magía aún se podía no ya ver, pero al menos sí imaginar.

Okay, let's talk about magic


Apolo

Avatar de la Ciudad, encarna los no-lugares de la urbanidad; los pasillos del metro y la cola del supermercado, un ascensor o cualquier paso de peatones, todos esos sitios donde la gente -ese enorme grupo del que todo el mundo se queja y donde nadie se incluye-, en fin, todos esos resquicios de la vida diaria donde "la gente" -que él representa arquetípicamente- pasa sin parar, sin hablar más que del tiempo o alguna chorrada similar. Es todos y ninguno, pues su voz es la del anonimato; lo has visto, pero no puedes ponerle cara. Aunque te cruces con él cada mañana nunca habéis intercambiado ni una sola mirada. Sus ojos son las cámaras de seguridad, grabando una media de trescientas veces al día a una turista -la que sea- y no consiguiendo con ello captar quién es o qué ha venido a hacer a esta ciudad. Es con él con quien estás cuando te quedas solo en un bar, y, atendiendo al murmullo colectivo, escuchando de fondo decenas y quizá cientos de voces parloteando a tu alrededor, no captas sino un sonido amorfo compuesto por infinidad de vocablos entrecruzados que para entendernos traducimos como un bla, bla, blah... No tiene nombre ni carnet, no es nadie, ¡no existe! Su esencia es precisamente el formato del DNI, el laberinto de rostros incontables -ideado por un dios burócrata adicto a los pasatiempos- en que andamos perdidos pugnando por un poquito de atención, de una voz familiar, no sé, ni que sea un gemido, algo, aún -¡por favor!- un "me gusta" en alguna red social o una noche acompañado de una desconocida con la que pasártelo bien, notificando una noche de diversión en lo que desde fuera podría parecer pasión pero que no es más que pura formalidad, una secuencia de botones, contraseña del placer.

Dioniso

Desde que llegó a estas calles, túneles y discotecas que ha llegado a conocer como ninguno pero que nunca le resultarán del todo familiar, un sueño se repite tras cada noche sin dormir: ¿qué es lo que has aprendido del idioma de esta ciudad? De la lengua de las máquinas, el alfabeto de los semáforos y los contratos, pues todo ello -los tornos del metro y el alquiler- tiene su propio orden interior, su lógica matemática y aplastante que no consiste en otra cosa que la robotización. Por aquí sí, por aquí no. Ahora puedes y ya no. Y bien, ¿qué es lo que has aprendido de todas estas puertas cerradas a la imaginación? Preguntan Michael Ende y todos sus personajes de ficción. La respuesta pasa por la hospitalización. Explorando -por simple curiosidad- los límites de la realidad, este chamán urbano -que bien podría ser la reencarnación arravalera de Jim Morrison, el de los The Doors- esclaviza su arte ocho horas al día y dedica las noches a despertar, metiéndose rallas sobre la Historia interminable o la caratula de cualquier cedé. Mestizo de la cuadrícula del Eixample y la locura heredada de substancias más antiguas que la razón, trabaja como ilustrador haciendo juegos para Fabebook o la Intranet de BBVA tras un buen desayuno de leche canábica y un porro o dos. Cínico, sin tomarse en serio nada de cuanto le rodea, vive como el equivalente de un parque o un jardín; en mitad de todo el acero, números y órdenes por control remoto del que forma parte como el que más, su voz suena a carnaval. Músico ambulante que no cobra por cantar, pregona la libertad como un místico de la alegría en la puerta de cualquier bar, sin pensar en la resaca que tendrá cuando comience la jornada laboral -cárcel de sus alas siempre deseosas de bailar al son del Raval- mientras disfruta de enamorarse una noche más, una noche cualquiera, de quien sea, pues siendo un triste desencantado -tras morir de amor- uno puede permitirse el lujo de renacer sin conocer ya odio ni amor sino dedicado tan sólo a gozar. Bastardo de Henry Miller, búho de tres ojos, animal nocturno que no ve sino con el corazón. Llorón solitario, alcohólico sin futuro, no tendrá nunca un nombre pero siempre una sonrisa para quien se siente a su lado.

Spotify

Oh, Spotify. Mi compañero. Mi gran amigo, amante. Querido Spotify. Te sueño por las noches, cuando te dejo encendido. Te necesito en mis peores momentos, en el trabajo. En la distancia, te añoro. Pulsar tus botones, bucear en tus rincones. Escuchar tus gemidos a todas horas. Ostia puta, Spotify. Decir que he caído entre tus piernas como en las infinitas discografías, en fin, de todos mis grupos favoritos conocidos y aún por conocer, joder, no es una metáfora, es una realidad. Te amo, Spotify.

Fregaplatos

http://www.youtube.com/watch?v=4xAbb9LCCsI


Bum bum. Bum bum. Cada vez que llega una pila de platos a la pica los cojo por el borde, y, golpeándolos de canto contra el cubo de basura, para que caigan los restos de comida, suena ese mismo bum bum. Bum bum. Como los latidos de un corazón. Puedes adivinar la actividad del restaurante en el ritmo de ese bum bum. Bum bum. Como si ese maldito sonido fueran los beats de un tambor tocado conjuntamente por todos los clientes; si dejo volar la imaginación, de pronto ese bum bum no es provocado simplemente por unos platos sino que es el sonido de todas esas vidas que, al salir del trabajo, de paseo con su familia o qué sé yo, vienen a comer. Bum bum, bum bum, sí, pero lo que yo escucho no es un simple golpeteo sino la palpitación de toda la ciudad. Bum bum. Bum bum. No deja de tener su aquel que el corazón de esta gran máquina de cables y humanos -la esencia de este absurdo hábitat urbano- sea una habitación fría y sin pasión llena de mierda donde sacar brillo a un montón de platos que vuelven a ensuciarse una y otra vez. Bum bum. Bum bum. La vida no va de lo que te mereces, sino de fregar los platos de otros. Bum bum. Bum bum. Me da por pensar que yo mismo no soy más que una extensión de ese ritmo cosmopolita. Mis sueños no son más que una canción sujeta a la base de ese bum bum. Bum bum. Una melodía subordinada a la batuta de esta urbe que dicta si tengo tiempo libre o no, cuándo puedo cruzar la carretera y qué película ir al cine a ver. Bum bum, bum bum, que si lo traduces del idioma propio del asfalto, el dinero y los horarios a mi lengua -con la que hablo mirándote a los ojos o te beso al anochecer- no significa otra cosa que un imperativo trabaja. Corre, venga. Y entre tanto sácate una carrera. ¿Escuchas ese bum bum, bum bum? Es tu jefe, dando golpecitos con el índice sobre su reloj. Bum bum. Bum bum. No vale que te quedes atrás, sin aire, mantén el paso. Tienes que pagar el alquiler. Pide otra copa si hace falta, pero continúa, no me digas que no aguantas el ritmo del bum bum, bum bum. No pares, sigue bailando. Dópate, así tendrás tiempo para vivir de noche si no te queda día mientras escuchas en alguna discoteca cierto rumor a bum bum, bum bum. Atento, eso que oyes es tu vida pasar. Bum bum. Bum bum. Un grifo estropeado, vomitando el eco de todas las lágrimas al caer. Bum bum. Bum bum. Tirar los zapatos en un rincón, ataúdes que rebotan contra el suelo al romperse las cuerdas de un niño titiritero que jugaba a crecer. Bum bum. Bum bum. Dadme más platos, hazte otra ralla sobre la carátula de un cedé. Bum bum. Bum bum.

Bum bum. Bum bum.

Fuck la mierda

Ya sabes, esas cosas.

La tristeza tras la masturbación, cuando el placer se convierte en soledad. Todo el tiempo de espera en cada cola, cada día, durante toda tu vida, hasta que al final caes a una tumba, amén. Montar en el metro y cruzarte con cientos de personas pero con ninguna mirada, sentirte solo como sólo te puedes sentir en una gran ciudad. Si has vuelto de fiesta, borracho y en autobús, lo sabes. Y ese grito por la ventanilla de algún coche, escupiendo frustración mientras apenas amanece aún el lunes, joder, chaval, no veas la que te espera todavía, cada semana es una vida y esta empieza tan mal como la anterior. No tenerte respeto a ti mismo y llamarla una vez más, tirártela aunque al principio no te gustara, pero, venga, follar provoca cariño y a veces algo más. Creo que entiendes a lo que me refiero, aunque no quiera decir amor. Todo es un poco como la china esa de la tienda que habla en números, marcando el precio en la calculadora porque no habla español. Porque no habla ningún idioma que sirva para comunicarnos porque ningún idioma sirve para entendernos, al menos mientras siempre digamos lo que queremos y nadie pregunte qué necesitas tú. Apretar los dientes al pensar en la cantidad de energía desperdiciada en cada guerra, los millones de llantos que se suceden en este preciso instante en las manos de cualquier adolescente buscando amor en internet. Todos esos corazones cerrados como el puño de un padre que no sabe con qué va a alimentar a su familia o dónde ir a vivir. Pensar en todo eso y, en fin, bah.

Cosas que me hacen reír.

Buffet libre

La verdad no imaginaba que mi vida fuera a consistir en apartarte el cuchillo y tenedor con cuidado de que no se me derrame el café mientras recojo platos y los apilo uno encima del otro como amontono los trabajos de los que me despedí o me echaron y cuyos sueldos no alimentaban estas demoníacas ansias de más más y más por las que me chupo los dedos con tal de probar un penúltimo bocado más devorándome a mí mismo cuando voy drogado corriendo de un lado para otro perdido y sin saber qué hacer hasta que el encargado me manda bajar un saco de hielo y aprovecha el viaje recuerda que debes servir el postre en la mesa 42 donde está sentada esa chica con cara de elfa por la que aprendería a caminar sobre el mar con tal de llevármela lejos de aquí si no me ahogara en los ríos del tiempo estipulado para cumplir cada tarea: pelar patatas para siete ejércitos y ahora pícalas y ponte guantes que todavía te queda fregar la vajilla secar cubiertos y líalos en servilletas cuan los porros atrapantes en los que desperdiciar la juventud fugaz de este día soleado que no disfrutaré hasta el anochecer cuando me tumbe en un parque algo borracho y mire las estrellas con mis amigos intentando encontrar algún sentido a esta locura que es darlo todo esforzarte cada mañana truncada por el despertador y resbalar cayéndote llevando encima todos los sabores del buffet que no tardo en fregar limpiando mi futuro laboral con la cabeza gacha ante la atenta mirada de las ilusiones por las que vine aquí, no es casualidad que anoche me preguntase a mí mismo en sueños acerca de esta nueva ciudad a la que vine en busca de un futuro mejor y de cuyo idioma tancat portes y clencha es casi lo único que he aprendido de modo que cuando plego me hago una ralla con lo que sobró ayer y salgo corriendo esnifándome la Diagonal, quitándome los zapatos y hasta los calcetines caballo desbocado sin herraduras dejando mis huellas descalzas en el césped que hay entre el asfalto y el arcén saltándome los semáforos que limitan la razón contrariada por reír a la par que llorar pasión inefable pólvora de este tiro de vida donde los días pasan tan deprisa que ya ni sé qué sentir, sólo corro corro corro y algo aquí no encaja y no hablo de que me miren los pies sangrando en esta tontería de hábitat urbano que se marcó la Evolución lo que quiero decir y lo que me jode es que a veces me pregunto ostia puta qué ha pasado cómo he llegado aquí no puede ser creo que me he hecho mayor justo del modo en que no quería ser.



Mor

El sol se cuela por la ventana, a hurtadillas, avisándome de que llega un nuevo día que no tardo en despedir; echo la persiana y adiós al mundo real, que le den a esa ciudad tan grande y maravillosa que hay bajo mis pies, prefiero soñar... Uno, dos... tres, cuento tres comprimidos dormicum -la llave a la felicidad- y de nuevo me sumerjo en ese imperio donde yo soy el único rey. Nunca pedí ser parido a este lugar en el que todo duele y al final te mueres sin haber conseguido alcanzar eso con lo que no haces más que soñar, así que dimito, sin más, y, ahora que aprendí a controlar lo que sucede cuando me voy a dormir, destronando a Morfeo en un sueño lúcido en el que dibujo la realidad a mi voluntad, cierro los ojos a la vida y me convierto en Dios. Las pastillas se disuelven en mi boca y yo sólo pienso en despertar al otro lado, rindiéndome al sueño mientras desando el camino de la vigilia: me levanto de mi cuerpo -que dejo atrás, en la cama, en las ruinas que llamo mi habitación y por donde deambulo como dormido preparándome para el trabajo o buscando compañía en mi ordenador- y paseo en un viaje astral; una vez que ya no estoy en mi habitación, tumbado como un muerto, sino, no sé, al otro lado, recorro la casa -ya sin tener que afeitarme o comer- alejándome de la consciencia, buscando la salida y olvidar por qué es todo tan repugnante y quién soy yo; doy los buenos días al sueño y ando como un fantasma que clama por escapar del lugar al que anda atado por un hechizo o el contrato del alquiler; en el pasillo -tras el baño donde ya no me hago una triste paja antes de dormir- tropiezo con el nombre que alguien grabó en un cuenco -Caca, pone que se llamaba- y que si no recuerdo mal pertenecía al gato, que ahora que se ha descompuesto perdiendo su corporeidad ya no sé cómo bautizar, pues de él tan sólo queda el eco de un maullido que ahora tan sólo resuena como un recuerdo del más allá. Conforme me alejo de mi cama -cruzándome con las plantas que hace tiempo supongo que se secaron por no regar- mi vida anterior comienza a trastabillar; las formas se vuelven un poco más imposibles y para cuando monto en el ascensor ya no bajo a la calle, a los rieles de esa existencia aséptica que no es más que un horario programado en el despertador; pulso el botón que debería llevarme al portal pero a donde voy es a esas historias que anotaba mentalmente mientras servía el primer y el segundo plato preguntando si desea postre, señor, funcionando apenas como un transformer con dos o tres aplicaciones al que desconectan cuando termina sus tareas para dejarlo descansar un poco, lo justo, como un sonámbulo que sólo cambia el pijama por el uniforme sin que haya fin de la jornada laboral. Pero no, ya no; he tomado los suficientes somníferos como para que el resplandor que se ve ahí afuera, tras las rejas de la puerta -y que no debe confundirse con las luces de neón, esas fiestas en las que me escondí tras los efectos del alcohol y alguna que otra cosa más en una sonrisa y un bailoteo con quien fuera a quien untarle los pezones de cualquier cosa pegajosa marca Lidl- que aún me ataría aquí, pegado, en fin, si no hubiera tomado los suficientes sedantes como para que esa luz onírica proveniente de mi imaginación queme estas retinas de lúcido que sabe que es mejor soñar, olvidando a esta y aquella rechazando intentarlo en pos de vivir una de esas fantasías de los cuentos y Disneyland, y así hasta convencerme de que esto -sea lo que sea- es más real que lo real, pues río o lloro de forma más vívida que durante ese período de entresueño que es el día a día, una pesadilla recurrente en el que siempre sucede la misma película de bajo presupuesto con una mierda de guión. Suicido la vida que llevo a cabo despierto y así es que -cuando termino de caer dormido definitivamente, dejando de sentir el tacto de las sábanas y las preocupaciones hasta que dejo incluso de escuchar mi propia respiración- llego a la puerta de esta prisión cuyas cerraduras volé por los aires recluyéndome no ya en un paisaje poblado de mis anhelos sino en una hoja en blanco donde tengo a mi disposición una paleta de nuevos colores que nunca pude ver con mis ojos de verdad.

Lonely boy

Me pongo los cascos, le doy al play, y, ahora sí, soy feliz; por fin cesa el ruido blanco propio de la ciudad, ese constante pitido en los oídos similar al de un motor siempre en marcha bajo cuya pauta bailamos, concentración de transformers atascados en la calle Dante y que, ahora, mientras comienza a abrirse paso en mi cabeza la línea del bajo, unos primeros punteos, los graves, se funde todo ello junto, como si el sonido del zapping, el metro y los móviles formaran una canción que ya por fin baja su volumen. La BSO del mundo cambia de pista se acabó tener que ir al trabajo, las huidas que no llevan a ninguna parte, esa tía que conocí horas atrás en una fiesta de la cual me olvido perdiéndome en el recién nacido ritmo de la guitarra, anunciando ya oficialmente el nuevo tema al tiempo que el contacto con cuanto me rodea se corta definitivamente -en un adiós similar al tímido toc toc de un teclado que no grita sino soledad ante el porno de una pantalla- y así es que para cuando el vocalista pronuncia sus primeras palabras me suenan a un antiguo hechizo, un conjuro o algo así que detiene la Tierra como si hubiera llegado el amor, transportándome a otro lugar -lejos de toda pretensión- donde no me descubro aislado en mí mismo con el mp3 sino que acepto la soledad como si fuera puesto de mdma. Y no sé por qué o no lo quiero entender, pero me siento mejor paseando a solas mientras escucho Lonely boy que buscando a Dios en un polvo cualquiera donde encontrar el sentido o la compañía suficiente para no llorar.

El hombre que ríe

Y va el tío y me pregunta por sus zapatos. Mientras lo subo a la ambulancia, casi se me cae. De esas veces que te quedas en plan: ¿y ahora qué digo yo? Porque además el viejo buscó mi mirada y clavó sus ojos en los míos, todo serio. Esperando mi respuesta. Y vale que cuando empecé en este trabajo sabía que me encontraría con cosas duras, pero hay situaciones para las que no nos preparan. Como que un viejo calvo y arrugado en silla de ruedas y con las piernas cortadas te pregunte dónde están sus zapatos. Y encima que lo diga como queriendo que se los traigas. La polla. Imagina mi cara cuando después de un momento, al empezarme a aturrullar, coge el menda y se echa a reír. ¡Se descojonó a mi costa el muy cabrón! Y sigue: perdona el tropiezo de estos primeros pasos en nuestra relación, es que corro mucho en coger confianza. Menudo cachondo. Me pregunté la de años que llevará practicando la gracia, pero no creo que mucha gente le siguiera el rollo como yo: pues mira, le dije; conmigo ándese usted con cuidado, a ver si le tengo que partir las piernas. Y entonces es que pisó el freno y me miró con cara de haberle pegado un tiro en el pie, respondiéndome que tuviera yo cuidado con meter la pata; "si eso no lo digo yo", dijo, "no tiene ni puta gracia". Menuda patada en los cojones. Me quedé patidifuso, y, cuando fui a sentarlo con vergüenza en el asiento trasero, intentando ignorar el traspiés y hacer como que no había pasado nada, empieza el tío a reírse otra vez como loco y me suelta, volviendo a las andadas: ¡niño, el humor es como las piernas! ¡Que hay quien tiene y quien no! Joder. Ahí ya me dejó claro que podría haber hecho carrera de cómico, lo que todavía no sé es cuántos llantos le ha costado convertir en broma su desesperación.

Todas las canciones hablan de ti

Necesito inventar un nuevo Dios que dé sentido a todo esto; una paradoja o una quimera totémica, me da igual qué, pero algo, ya sea una respuesta o un acertijo eterno y sin solución, pero algo donde todo esto encaje, que tenga su lugar. No pido que esta nueva entidad -en la forma que sea, un formulario o un innombrable pliegue de la realidad- me haga caso o tan siquiera me escuche, sólo que tenga un buzón donde recibir mis preguntas, ya sea mediante signos mágicos con forma de grafitis o mandándole un email, pero que yo sepa que está ahí aunque nunca lo escuche ni lo entienda. Me conformaría con que, al recibir otra respuesta negativa del cajero automático, haya un fin -sagrado o no- que me permita leer entre las líneas del recibo que todo este esfuerzo sirve para algo más que simplemente obtener un no, no, no; que después de saber que todo duele tanto y que al final te mueres, bueno. Que no piense que es sólo esto, que al menos hay más colores que los que se perciben en la Creación. Tampoco quiero un Dios que me chivate la solución a la ecuación que es esta vida donde siempre faltan piezas para soportarla; no me hace falta un hechizo con el que comunicarme con entes del más allá, ya tengo teléfono, y, además, Facebook incorpora un sistema de búsqueda donde escribir ritualmente mediante signos -el abedecedario, números excluidos- el nombre o los atributos de la persona que se pretende convocar. Sólo es que quiero que, cuando me levante un día cualquiera un tanto penoso y hable con el gato mientras riegue una plantita tras que la noche anterior sintiera al universo pugnando en cada canción -gracias al dj que, ocupando el lugar del chamán, me llevara a una nueva dimensión a través de la danza, la música y los psicoactivos necesarios para el contacto-; en fin, que cuando me despierte de resaca, con la sensación de haber malgastado el tiempo buscando un poco de diversión, limpiando la casa ya que no te puedes limpiar por dentro, bueno. Que entonces -en ese momento de contacto con la realidad- sienta algo más que soledad. Y que cuando encienda la televisión no vea un mero presentador, un icono ante el que postrarnos en el sofá; y oye, no es que busque a Jesucristo en cada película, queriendo convertir a Hollywood en el nuevo mito de la posmodernidad, sino que, ¡joder! No aguanto todos esos efectos especiales. Quisiera que alguien dijera algo, algo de verdad. Algo que llevara a todo un Dios en sus letras: algo que me desgarrara o elevara pero que me hiciera sentir un auténtico paraíso o infierno o algo, pero algo auténtico. Y si me paso y acabo en el hospital, que el curandero que preparó los ungüentos en forma de pastillas y la enfermera que me las administrará debidamente no sea sólo una experta en empatía superficial -como aquella calientapollas que sabe cómo tratarte y a la que nunca le importarás- sino que sea también capaz de amar; no me hace falta gente con la que salir ni saber que hay un Dios en mi hombro, cuidándome, aguantándome la cabeza cuando vaya a vomitar, sino que esto de abrir la boca y escupir mi estómago tenga algún tipo de significado, porque sepo tan mal por dentro que me niego a creer que sólo sea esto. Igual que me niego a creer en un Dios que no sepa bailar, así que quiero uno que me permita hacer abracadatos con la Verdad y que, a través del torrente de información regulada y prefabricada que se descarga continuamente en la conciencia pública -a través del cine, manifestaciones y atentados terroristas-, se pueda juguetizar la realidad como un collage de fotos, recortando las partes adecuadas de cuanto nos presentan los sentidos para que podamos ver lo que de bonito hay en todas esas millones de personas intentando llevar a cabo sus vidas al tiempo que se autodestruyen, golpeándose el cuerpo con drogas como si de un muñeco vudú estropeado se tratase, a ver si con una copa más -sustituta de la sangre de una gallina- o un novio -ángel de la guarda- consiguen que todo fluya mejor. ¡Bah! Estoy harto del Dios del Antiguo Testamento o del Valhalle, habría que actualizar a Dios y convertirlo en un Dios urbano; uno que no lance rayos, sino que ruja a través de todos los animales domésticos, las palomas que huyen de las turbas y los perros callejeros encerrados en cuidadoras; un Dios que suene como un grito mudo al que unirme cuando me desahogue hundiendo mi cara en la almohada, descargando toda esa ira animal que debo tragarme cuando mi jefe se mea en mi dignidad después de que me pague menos que el mínimo dictado por ley. Si hay un Dios, lo primero que haría sería robarle, y, así, tomaría parte de su energía y poder; en vez de comerme un corazón, engullendo el espíritu de alguna bestia como un león, lo sentiría correr por mis venas en forma de adrenalina cuando, tras salir del probador, atraviese las puertas del centro comercial sin que pite la ropa que me guardé en la mochila. Un Dios que adopte la cara de mi vecino y de todos esos otros anónimos que veo en revistas de moda o en la contraportada de los bestsellers; un Dios cuyo reino esté en los resquicios que quedan entre edificio y edificio, que sus salones se encuentren en un lugar imposible entre mi habitación y la contigua, un Dios que tenga ratas mutantes y caimanes albinos como mascotas y cuyos designios no decidan otra cosa que los atascos de coches o que se escapen un montón de locos o unos loros de un carguero, pero que igualmente prefiera el porno amateur, pues aunque sea a través de una pantalla y a solas en mi habitación sigo buscando algo de humanidad. Un Dios cómico pero no tan cínico como para hacer que me ría de que la historia sólo sirva para repetirla día tras día en las aulas, donde disciplinamos espartanamente futuros tiranos y esclavos. Un Dios que haga que todo el tiempo perdido en los viajes del metro sirva, no sé para qué pero que sirva. Y que el amor sea algo más que una dolorosa adicción. Un Dios que ya aparezca en las bibliotecas o en las palabras de un borracho me enseñe algo tras que me muerda un perro o tenga un accidente mientras cruzo en verde y me quede sin piernas, porque si sólo me voy a morir llevándome conmigo mis recuerdos, igual que cuando lo dejas con tu novia y ya nunca más sabrás de ella, si sólo es eso. Joder. Si sólo es eso es una putada y eso sí que me cabrea. Quiero que pegue a mi puerta un Dios que me convenza de que cuando mis amigos se mudan a otro país es para mejor, aunque yo no logre comprender por qué, pero que me lo crea. Y si hace falta le rezaré con unas gracias y un por favor cada vez que hable con la gente, escribiré cómics de súper héroes que las civilizaciones del futuro desentierren de las urbes del sigo XXI creyendo que eran nuestras nuevas pintadas rupestres, nuestros relatos Bíblicos, pero, por favor, que me explique -porque la autoayuda, la psicología o la filosofía no saben decirme- por qué lloro cuando hablo de sueños; no lo digo metafóricamente, es sólo que se me caen las lágrimas al recordar lo que soñé ayer o el año anterior. No me importan la ciencia ni la religión, no creo en Disney ni en el comer bien como clave del bienestar; detesto esa idea actual de que no hay que perderse nada, no voy a edificar ningún sistema de consumo ni lo contrario. No tengo fe en Tyler Durden ni en el Presidente. Sólo necesito inventar un Dios al que agarrarme porque sienta haberme disparado en el pie cuando me despedí de ti, aunque sea un Dios hecho de látex y que se tire después de usar, pero que haga que de verdad pueda creer que es para mejor que nos alejemos el uno del otro aunque te siga queriendo y amando y pasar el resto de mi vida acordándome de ti, joder.

Miradas

A veces ocurre que todos los semáforos están en verde. De noche, por ejemplo. Bajan la frecuencia y pasan más tiempo en verde y menos en rojo, y si encuentras la velocidad justa puedes circular sin pararte ni una sola vez; cuando se pone en rojo ya has pasado, y si corres lo suficiente pero no demasiado, ocurrirá lo mismo en el siguiente, el siguiente y el siguiente. Se trata de encontrar el ritmo de la ciudad y sintonizarte con él, como una llave que encuentra su cerradura. Y descubres que se te abren todas las puertas.

MDMA

Cuando Michina se tiró por el balcón, acabando con sus siete vidas de una vez, casi nadie supo entender qué es lo que había sucedido en realidad; se tuvo que caer, intentaban convencerse Diego y Marina, padres de una familia de teleanuncio. No pudo ser que se tirase, siempre le hemos dado lo mejor, decían, y era verdad; el mejor pienso y los mejores juguetitos, como aquel pececito hecho de no sé qué material sintético comestible. E incluso la mejor arena para gatos, comprada en tiendas especializadas a cuatro con cincuenta, cinco kilos de bolitas de plástico super absorbentes simulando ser arena que no huele a caca ni pis ni a nada más que jabón. Sólo Ariadna pudo intuir lo que se ocultaba tras la tragedia; Ari, la hija postadolescente, o preadulta, que vivía con sus papás mientras estudiaba arquitectura y tenía los ojos llorosos por las noches, embotados de aburrimiento y sólo contenidos por el prozac diagnosticado contra la depresión. A veces necesitaba también algo de diazepam para la ansiedad. Y cindco miligramos de zyprexa a raíz de aquel brote psicótico. Y ver una serie de anime junto a su gatita, tras la sonrisa forzada en la cena con papá y mamá, inyectándose así la justa emoción y el cariño necesario en un día a día carente de contacto con la realidad. Ari, la chica que en su carrera no descubrió sino que la vida moderna y urbanita sobre la que ella y su familia y la gatita Michina se asentaban no era más que un espejismo suspendido en el vacío y que, si te parabas un momento a escuchar,  acercando el oído al arcén, podías oír el suelo temblar; todos esos túneles de metro, alcantarillado y terreno conquistado al mar, todo hueco y a veces inundado pero siempre debidamente pavimentado para sostener sobre sí al hospital, la iglesia y el colegio y hasta la central nuclear, toda esa cultura y ciencia al servicio del progreso de la humanidad. Sólo Ari, con su cara llena de granos, sus pintas de peluche como una completa inepta social,  sólo ella pudo ponerse en el lugar de Michina, la única amiga que tenía y con la que se comprendía como si de dobles se trataran; ni Diego ni Marina lo sospecharían jamás, pero lo que mató a Michina fueron aquellas rejas que pusieron en el balcón con toda su buena fe para que nadie se pudiera caer, y que, cuando un día se rajaron de casualidad, apenas una esquinita pero lo justo para abrir, por accidente, una brecha al mundo, una ventana a través del que una gata domesticada no pudo intuir el peligro que suponía saltar, entonces, ambas, niña y gata, sobreprotegidas como un muñeco al que se le quitan las pilas para que no se rompa jamás, se adentraron en el submundo de lo que sucede a escondidas de la atenta mirada familiar, médica y escolar. Caída de la que ya no se pudieron levantar jamás, pues la altura del noveno del que saltaron se juntó además con las obras del metro y en total fueron trece plantas las que atravesó por el aire antes de estrellarse empujada por la resaca de un viaje de mdma, el complemento perfecto a esa vida perfecta en la que Diego conduce un taxi fumado de maría y Marina da clases de yoga y mantiene limpia y aséptica de malas energías esa casa ideal que sí, te hace el café con sólo pulsar un botón pero donde nunca se aceptó lo que de gata había en la niña y que de la mesa al sofá no se puede aprender el tacto de la tierra ni cómo se siente la alegría o el caerte de verdad.

Hasta que la soledad nos separe

8:30

Bienvenido al día de después.

Cuando te ha dejado la novia, eres un adicto o sencillamente tu vida es una mierda, lo peor es el despertar; de repente, todo cuanto eres -la falta de amor, una cartera llena de billetes con olor a cocaína- te golpea en la cara y sin avisar; tardas unas décimas en reconocer dónde estás -sí, es el apartamento que tienes para tirarte a otras- y, cuando caes en la cuenta del resacón que llevas en este martes laboral, en fin. Te jodes. No puedes cerrar los ojos y refugiarte en la caleidoscopia -esos contornos con tetas de luces de neón- con la que bailaste hace apenas unas horas. Apenas recuerdas cómo has llegado hasta aquí, y, desde luego, no ves en la tía que tienes al lado a la mujer que anoche amabas -mientras la llamabas Laia, o Tamara, da igual-; el éxtasis no perdona, y mientras que anoche podías perderte en su mirada, rozando la cima del cielo aupado por los colores que salían de los altavoces -que no eran sino sus pupilas, dilatadas como una copa rota contra el suelo-, ahora la ves y sólo es una huella vacía en tus labios secos y agrietados, incapaces de pronunciar tan siquiera una bienvenida al desierto de lo real; lo que durante los efectos psicoactios fue el mejor polvo de tu vida ahora se cobra la factura en forma de soledad, así que, en silencio, mientras te destapas con cuidado de no despertarla -no quisieras tener que hablar- bajas a por un café, preparándote para un día completamente normal. Un café de máquina, que sabe igual de fatal y amargo que el mdma. Es curioso, tantos despertares en este apartamento y nunca has visto a nadie en el recibidor, en esos sofás y máquinas expendedoras que hay en un lateral del portal; tantos sillones y etc., y nunca te encontraste con nadie que hiciera más que pasar. Buenos días y adiós. Da que pensar: ¿dde verdad estoy tan solo o es que ver esas sillas soportando el peso del vacío hacen que de algún modo espere a alguien más? Como si fueran una silueta por rellenar. Como Disney, que te hace desear la pareja ideal. La verdad, tomo drogas porque, con ellas, no te hace falta nadie más; miras a los ojos a esa que acabas de conocer, y, durante un instante, lo que dura un orgasmo de ficción, consigues meterte en el papel; como una película o un teatro en el que, a diferencia del día a día, consigues creerte lo que respondes a los demás, y no como cuando te tragas ese café disponiéndote mecánicamente para ir al trabajo y relees el sms que recibiste ayer, ese que te envió tu novia de mentira y al que contestas un "yo también" en el que el te quiero es sólo una representación. Lo que se espera que digas tras que ella cumpla con su parte del guión. Lo que se dice tras que la otra parte del contrato pague el alquiler. Tomo drogas porque, con ellas, consigo creerme lo que digo.

Vomitez

Al contarlo, empiezo con un "me desperté en la cama de una alemana". Una chica guapa, dulce; cuando le cuento la historia a mis colegas, incido en esta parte. Para crear expectación. Para que por un momento crean que mojé con la mejor del local. Y claro que en cuanto continúo y se enteran de cómo acaba la movida se empiezan a descojonar, soltando eso de "otra vez la has liado" y bla blah, pero es entonces cuando les digo que, en fin. Que por un momento aún pude mantener la lucidez; que, aunque fuera borracho, si acabé tan mal fue porque yo lo quise así. Que yo mismo me llené la copa una y otra vez. Recuerdo haberme mirado al espejo y verme en la casa de unas alemanas y francesas e italianas todas buenísimas y a las que les parecía un chico interesante; alguien que escribe, estudia filosofía y piensa que la vida no es para tanto, que sólo importa bailar y reír. Cuando cuento la historia digo que, en el fondo, sucedió lo que sucedió porque me gusta ser así; que sí, que ella me metía mano mientras hablaba de su culo pero que, entonces, viendo claras mis opciones -besarla o seguir bebiendo hasta reventar- opté por mandar todo a la mierda porque sí. A propósito. Porque no me va eso de ser un tío guay y quedar siempre bien; lo mío es otro rollo y por eso no me importa perder la dignidad ante un par de tetas alemanas. Por eso, bueno. Por eso no me preocupa mostrar mis entrañas -que esparcí por el suelo de su habitación- hasta que ya nunca me quieras besar, porque pienso que si no estás dispuesta a aceptar al gilipollas patoso al que se le caen las cosas que todos llevamos dentro la verdad es que no me interesa ni follar. Esa es la versión que se convirtió en oficial cuando le digo a la gente que vomité en la cama de una alemana, tras soltar kilos de mierda en su baño e irme hasta el fondo de la casa sin saber siquiera que me estaba metiendo en su habitación. La versión que -tras repetir una y otra vez- no me llego todavía a creer pero que al menos consigue que me ría en vez de llorar; todo el mundo hace el ridículo alguna vez, hombre ya.

Un día va y se te rompe el futuro

Una vez empecé una novela acerca de la fugacidad, el desarraigo y todas esas palabras que no uso en mi día a día aunque mis amigos se marchen de la ciudad, que es lo que hubiera ocurrido en los capítulos si al final no la hubiera dejado casi antes de empezar. Como todos esos planes de futuro que se rompieron demasiado pronto y tras los que ni siquiera te da tiempo a soltar un "¿ya?", sino sólo a emborracharte, adelantándote a la próxima vez en que todo haya vuelto a cambiar y te despiertes en otra cama -quizá con otra persona, distinta a la de antes; quizá en otra ciudad, distinta de la que nunca imaginaste-; es curioso que, tras todos esos momentos de felicidad -un fin de semana, dos meses, lo que dura una amistad- uno sólo pueda coger una botella de vino y echarse a reír, porque empiezas a comprender que todo se rompe y se muere pero que, ¡bueno! Tampoco importa demasiado. Sólo puedes decir sí a otra copa más, porque sabes que pronto la botella también se vaciará y sólo quedará el haberla exprimido hasta la última gota antes de que tengas que volver a decir adiós. Espero no tener nunca tiempo para escribir esa novela, pues ello significaría que las mujeres a las que quise y los amigos con los que viví dejaron de irse y eso sólo puede ocurrir en un mundo muerto donde ahora no tuviera que irme a otra parte a otra fiesta a continuar con esta absurda cadena de esperma, sangre y diversión, adiós.

Gang Bang Generation

En toda historia hay siempre una chica, la guapa de la película. La princesa de la torre, la hija de tu jefe, la vicinita de al lado... 

Una chica, dos o tres. 

Bienvenidos a la Generación del Gang bang. No olviden usar protección. 

Clara 

Cincuenta y tantos años, mujer, tres hijos y un apartamento donde tirarse a otras. Él es un cabronazo y la de hoy se llama Clara. Subían en el ascensor y ese cerdo no podía resistirse a meterle mano bajo el vestido. Y además gratis. Había tenido la suerte de topar con una niña dispuesta a presenciar el apocalipsis a cambio de un poquito de atención. Clara. La chica que toca el piano, lee Dostoievski y es socia en La tienda de los suicidas. El alcohol corriendo por las venas, la excitación que se sube a la cabeza. Clara, la femme fatale que siempre sale perdiendo. Al fondo del pasillo -corredor de la muerte- la sala de torturas. La cama es un patíbulo. Cuerpos en contacto, saliva, pérdida de control... Clara, la que hace buenas felaciones. “Y entonces se la mordí”, dice Clara. “Y fuerte, creo, porque cuando pudo reaccionar me dio un bofetón, pero a mí ya me había dado tiempo a vestirme y todo”. ¿Y luego? Liberación, ganas de correr, bailar, qué sé yo...


Ana 

Quiero abrazarte, besar tus lágrimas y acostarme a tu lado; tumbarnos en el sofá , escuchar tus CDs mientras me acaricias la nuca, jugar a ser un gato y que te rías al verme ronronear. Que me agarres las manos y me pidas que no me vaya, que esta noche me quede contigo. Hablar durante toda la noche y que nos baile la lengua como sólo se suelta cuando, en fin. Cuando hay ganas de más. Me encantaría que te sientas tan cómoda junto a mí como yo al verte sonreír; no sabes cuánto me gustaría regalarte un momento libre de toda esa tristeza tuya y que luego, al amanecer, cuando se acabe el disco, irnos juntos a la cama.  Como si nos quisiéramos de verdad. Quisiera poder hacerte feliz, jugar con tu pelo y ya, por fin, deslizar mi mano hacia abajo y tocarte el culo.

A una del bus 

¿Sabes de esa sensación de querer más, más y más? Pues por seo te escribo; ni te conozco ni te quiero conocer, sólo es que te vi ahí, sentada, y pensé: no quiero bajarme del bus y ya está. Esto no es una carta de amor, ni siquiera te deseo como amante, lo que yo quiero es una adicción. ¡Un vicio! Una condena donde noche tras noche quedes atada al otro lado de la cama; que me rechaces de día y des guantazos en público, pero que me arañes en privado; dejar de lado los cariños y que hagas por humillarme, pero que te ahogues en metadona en cuanto ya no esté. Nada de amores donde el semen sabe a hipocresía, lo que yo quiero es un chute que te impida vivir sin el placer masoquista de pincharte. Que me eches de tu vida cuando me llames llorando pero que luego, cuando nos veamos, leer en tus ojos el deseo y pedirte "un beso de cianuro y carmín y mátame, mátame, mátame de amor", como dice la canción. 


C.

Quiero hacerte daño, expresar mi amor haciéndote sufrir. Quiero besarte hasta deslucir el rojo de tus labios, arrancar el olor de tu pelo, arañar tu espalda y llevarme conmigo tu piel; quiero devolverte todo mi deseo mordiéndote el coño, grabando la forma de mis dientes en tu placer. Quiero que te tiemble el pulso, que no duermas, que pierdas el hambre. Quiero que no puedas vivir conmigo ni sin mí, que te salgan estigmas allá donde te besé. Quiero pegarte guantazos, escupir en tu dignidad. Quiero odiarte hasta que ni yo mismo pueda ya quererte, necesitarte. Follarte. No puedo dejar de recordar tu nombre en cada momento; me despierto y acuesto pensando en ti, deseándote, anhelando tu sabor, y quiero ahogar tu corazón haciéndote tragar mi semen junto a tu no. Quiero que sientas lo mismo que yo. Quiero que mueras como muero yo junto ti.

Plástico biodegradable

De vuelta al barrio, esas calles y plazas con cáscaras de pipas bajo los bancos donde los de fuera temen entrar y que los de allí no llaman por su nombre, sino que para ellos es simplemente "el barrio"; un vertedero de edificios siempre en obras, como un proyecto sin terminar. Al colega este quizá lo hayas visto por ahí, con el chelo y la gorrilla, tocando; si te cruzaste con él, te acordarás. Yo también pensé que ese chaval tiene "algo"; no sé muy bien qué, pero la gente no se para a escuchar a cualquiera, tienes que tener algo más que sencillamente saber tocar. Ahora viene de pillarle a Úrsula, un poco de vuelta de todo, con el instrumento a la espalda y sus pintas "calle", el puño cerrado alrededor de la substancia y la mandíbula apretada, con el mal sabor de unos recuerdos que no puede evitar regurgitar: Copenhague, las luces en los canales de Amsterdan, todos esos lugares a los que no consiguió llamar hogar. Las peleas con la novia en aquella buhardilla, esas discusiones absurdas que inevitablemente acabaron en caída, obligándolo a volver a la casa en cuya cerradura introduce las llaves ahora, como quien cierra las puertas de su propia prisión. Esa especie de casa en llamas donde vive con la madre y la abuela.  Y Tuno, el perro que ladra en cuanto los tres se juntan y estallan en gritos, como tres elementos disonantes. El sonido de una familia a punto de resquebrajar. Al final, portazo y encerrarse en su habitación, donde se pone música mientras le sube el pelotazo y los sentidos se empiezan a alterar. Drogarse hasta perder la cabeza en una canción, por fin un momento de relax. Desde la cama, su vista hace repaso de la habitación, esperando a que todo se termine de distorsionar; mira a la chica del póster, que pronto podrá ver respirar; los instrumentos desperdigados por ahí -algunos construidos por él mismo, aún sin acabar- y que casi puede oír sonar, como si fueran notas musicales diseminadas por el pentagrama que él ve en las estanterías, escritorio y ropa amontonada por el suelo del dormitorio, hasta que se topa de frente con aquel cuadro que pintó en el correccional. Se acuerda de que, en vez de tocar en el conservatorio, lo hacía en el reformatorio. No le parece raro que encontrase allí su gran pasión; es normal que, cuando lo dejaran salir, sólo buscara un poco de speed, alguien a quien cabrear y un coño donde descargar toda la frustración. Le chirrían los dientes de sólo pensarlo y, para relajarse, imita los ejercicios de respiración para un perfecto Do, como hacía en ese cuartillo donde le dejaban tocar: aspirar, expirar, y a continuación un legato justo en el momento adecuado para no desentonar, en contraste con todas sus cagadas y desafinos. El viaje alucinógeno trae a su cabeza imágenes encerradas en la memoria y a las que ahora se tiene que enfrentar; ve y casi puede tocar a su padre, en aquella pelea que se inició por motivo de los porros y que lo llevo a esa cárcel para menores donde se le pretendía corregir, ofreciéndole como amigos a otros peores que él y apenas una hora al día en la que ensayar., previo permiso del juez. Las drogas, el mismo motivo por el que nos lo pasamos tan bien en las fiestas y gracias al que a veces ligas y hasta te echas novia, bailando al son de la alegría con una copa o dos -y quizá algo más- galopándote en las venas y los oídos; no es de extrañar que esté loco por meterse algo: gracias a las drogas, por un momento la vida deja de ser una mierda para que todo esté en su lugar, justo donde debe estar. Por un instante -un viaje sin salir de la habitación- escuchas la línea de graves que da orden y concierto a lo que en la vida diaria parece arritmia y distorsión; al tiempo que la realidad se va a la mierda y las paredes se derriten, permitiéndote manejar cuanto ves a tu alrededor -ya no hay pintadas en la pared, son notas que se pueden recomponer-; al tiempo que se aleja de la cama para alunizar en otros mundos, lo asaltan otras verdades donde mueres y renaces con cada canción, participando en una armonía universal: un caleidoscopio de imágenes -todas esas relaciones fracasadas, las constantes mudanzas, el llanto de la madre, a solas, en la cocina, mientras la abuela mira una tele que no ve y el perro gruñe a una puerta cerrada-; al tiempo que, en fin, se hunde en la locura, los tropiezos llevados a cabo durante su vida empiezan a encajar en una partitura de lo real, una canción de dimensiones cósmicas de la que forman parte los astros mismos y el girar de los planetas, meras negras y corcheas que él capta con cada movimiento de arco contra el violonchelo. Cierra los ojos y se ve a sí mismo, diciéndose que todo ha merecido la pena para conducirlo a este -justo este- momento en el que todos los desafinos encuentran su sentido como parte de una orquesta en la que él ocupa su lugar: el correccional, el metro, la calle, el teatro... Fondos semidifusos a los que en su paseo pone música en su paseo psiconauta mientras el mundo sigue girando y se lleva todo a su paso sin pedir perdón, pues cuando despierta el día de mañana -el vinilo dando vueltas, ya sin sonar- se encuentra solo y en una habitación oscura, llena de chelos aún sin cuerdas, con el mástil por tallar, como esa vida a medias en la que se ha estancado y de la que despierta con la cara desencajada, una mueca a medias entre la sonrisa y el llanto.  De no ser por la droga, nunca habría llegado a vivir la música con tanta intensidad; de no ser por la droga, algún día llegaría a ser algo de verdad.

No me leas

Y aquí estáis, queridos lectores, leyendo más por aburrimiento que con pasión. ¿Qué esperáis encontrar, un poquito de entretenimiento? ¿Quizá ánimos? ¿Quizá la solución a vuestros problemas, amores y vacíos? ¿Comprensión? ¿Una justificación? Iros a la mierda. No me interesan vuestras penas. Estoy harto de vuestras quejas. Basta de querer decir todo el rato frases ingeniosas y elocuentes, todas esas mierdas tan bonitas que tanto os atraen. ¡Os odio! Me drogo mucho, me gusta pajearme y tirar el semen por la ventana y así contaminar vuestro pelo y vuestra comida. Dejadme en paz, quiero estar solo. Sólo digo esto para llamar vuestra atención antes de acabar y poner punto final, así, sin decir nada. Intentando tan sólo demostrar que no soy vuestra puta ni vuestro bufón. Dejando claro que mi intención no es hacértelo pasar bien, que no vendo ninguna salvación. No soy un anuncio de publicidad, sólo quiero creer que puedo decirte cuanto quiera y que, aunque te meta cocaína en el culo, llegas hasta aquí, porque a estas alturas no me interesa tener al lado a quien sólo busque un juguete que lo haga reír.

Basta ya

Quiero asomarme al balcón y tirarle latas de cerveza a niños deformes, enfermos de progeria con la cabeza grande y ahuevada y el cuerpo de un feto abortado, teniendo que sujetarse las extremidades para no descuajaringarse mientras corren por la calle, huyendo de los antidisturbios mientras escucho al abogado que vive en la habitación de al lado meterle cocaína en el culo a una rusa menor de edad que cobra barato. Contemplar sentado en una butaca tal espectáculo, eso es lo que quiero; ver el futuro roto y aplastado en la cara de algún pequeño hijodeputa con la columna desviada de masturbarse frente a una pantalla, implorando ayuda al Señor con su mirada de adicto a la heroína mientras le rompen los dientes de un porrazo bien dirigido y que, cuando esté en el suelo, reducido por las fuerzas del Estado, amén, se crucen nuestras miradas. Encontrarnos el uno al otro mientras el mundo gira y se lo lleva todo por delante y decirle hola y adiós con la mano, los dos sabemos que el sargento o algo peor que se lo está follando por el culo en plena calle lo he pagado yo. Y tú, incluso él. Ponte en mi lugar -en una ventana cualquiera- y mira al niño ese, el que sea, cualquier mierdecilla que haga novillos y desayune hamburguesas en el McDonald; míralo sabiendo que bajo la sangre de las encías sin dientes para poder chuparla mejor lo que hay es la vida de uno más de los representantes de nuestro futuro yéndose a tomar por culo, agitando sus bracitos arriba y abajo desesperada y cómicamente y pidiendo ayuda por favor. La policía me está matando y no es justo no tengo dinero. Leer en su sufrimiento que todos -la Nación, los padres, hermanos, amigos vecinos y novios, todos- lo hemos hecho mal. Estate atento, lector, e imagina saber eso y no obstante aguantarle la mirada y decirle: no, no. No. Te jodes. Quiero que todo el mundo te vea morir así de feo y entre vómitos con la cabeza aplastada bajo una bota militar para que por fin nos demos cuenta de lo que está pasando y así gritar, gritar hasta morir. Si es eso lo que hace falta, por favor, que alguien deje cuerpos de niños troceados por la calle para que los veamos de camino al Mercadona, pero que alguien haga o diga algo, no sé qué, pero algo. Un grito. Gritar hasta que se nos rompan las cuerdas vocales, y, salpicando sangre y restos de comida, se nos salgan por la boca, de forma que las podamos agarrar por el extremo y tocarlas a modo de violín, como si fuéramos los músicos del Titanic, amenizando cínicamente el final.

Dios ha muerto

Me acuerdo de la primera paja que me hice porque fue el mismo día en que murió mi abuela. Me la hice precisamente porque murió mi abuela. No sé qué edad tenía, pero hay detalles que se me quedaron. Esa noche estando ya dormido llamaron por teléfono, lo cogió mi padre. Yo le pregunté con voz de tonto que quién era, y al escuchar su respuesta me alegré. Dijo: tu abuela se ha muerto, y entonces lo primero que atravesó mi cabeza fue un "por fin". En realidad ni yo mismo me esperaba esa respuesta, hasta ese momento no sabía cuánto deseaba que mi abuela se muriera. Y ahora pensaras que, yo qué sé. Que estoy pirado o algo así. Vale. El caso es que ella llevaba un tiempo en el hospital, adonde mi madre la visitaba diariamente. Mi madre, la misma que fue maltratada de cría y que compraba harina para hacer el pan en el horno y así poder mantener a la vieja desagradecida que nunca dio nada por ella. Aunque reconozco que alguna vez le tuve cariño, de muy pequeño, pero conforme pasó el tiempo fui creciendo y la dejé de considerar como mi abuela para pasar a ser la puta esa que enfrentaba a mis padres, convirtiendo la casa donde vivíamos en un hogar en llamas al cual yo no quería volver tras salir del colegio. Nos envenenaba  a todos, siempre rechazó a mi padre, a mí me hablaba mal de él. De el hombre que no tenía sensibilidad en las manos porque se las dejó en el taller, trabajando para sacar adelante la familia. Venga ya. Lo que yo veía en casa no era una abuelita, yo veía a la que estaba detrás de los llantos de mi madre sola en la cocina. Quería que la mandasen a la mierda y nunca he sabido por qué seguían cuidándola, como si ese fuera su deber. Como si no hubiera otra que aguantarla hasta que se muera. Y en fin, esa noche en que me hice la primera paja mi madre estaba en el hospital, como siempre, haciéndole compañía a eso que quedaba del cuerdo gordo y fofo de mi querida abuela. Un montón de piel de pollo con demasiado pellejo y bigote. No era capaz ni de levantarse a cagar y después de tomar la medicación, laxantes y demás, la casa entera olía a sus cagaleras, pedorretas que sonaban como pompas rompiéndose, como diciendo, esto es lo que soy. Cuando era un niño y mi madre decía "besa a tu abuela" la verdad es que me daba asco. ¿Cómo iba a darle cariño a un bicho que aún en su lecho de muerte se esfuerza en joderme? Como si tuviera derecho a ello tan sólo porque un día folló borracha y no le puso el condón a la polla con cirrosis de mi abuelo. No, no me dio pena que se muriera. Me alegré. Y en el momento me sentí como un cabrón hijodeputa y me di asco, pero al momento se me pasó. Me hice una paja no sé muy bien por qué, supongo que por eso mismo por lo que más tarde me follé a esa tía que hasta me caía mal, pegándole en el culo. Por hacer algo cutre y feo. Y me corrí por primera vez y cuando vi el chorro de lefa saliendo, de la puntita, estrellándose contra el váter, pensé que esa porquería blanca era cuanto de pureza quedaba en mí. Todo lo bondadoso y bello y sublime, escupido ni siquiera por la boca, sino por esa cosa rara que tenemos entre las piernas y que ocultamos bajo la ropa interior. Por donde meo echando fuera de mí lo que sobra. Sentir placer con esa paja fue como disfrutar de matar a Dios, ese gilipollas moral y correcto cuyas últimas gotas vi colgando del glande, mientras me parecía una cosa tan extraña que me puse a apretarme la polla hacia fuera, agarrando el pellejo y empujando hacia la punta, intentando sacar todo cuanto quedara de esa mierda blanca y pegajosa fuera de mí.

Matrioska

Vamos a jugar a un juego. Un juego en el que vaya a tu casa, de madrugada, y charlemos hasta el amanecer. Como dos buenos amigos, sin mirarte las tetas. Como si nunca hubiéramos follado y lo único por lo que voy a verte es porque en tu salón viajo a otra realidad, a otro planeta; llamo al telefonillo, digo nuestra contraseña y tú abres una puerta dimensional, recibiéndome en algún lugar del espacio exterior con tu música, el vaso de Martini y el olor de tu salón, ese lugar en el que compruebo que efectivamente existes y tras lo cual todo encaja un poco mejor. Los colores que brillan más, levantarse con una sonrisa de felicidad, ya sabes. Esas tonterías. Juguemos a un juego en el que te digo que he echado de menos tu habitación. Practiquemos la confianza, ese juego en el que nos vamos juntos a la cama, sin que vaya a pasar nada, nos decimos, hablando mientras tanto de nuestros últimos ligues, sintiendo tu respiración cada vez más  cerca, más fuerte, al tiempo que intercambiamos una mirada en la que nuestras intenciones se encuentran y dicen la verdad; los dos sabemos qué está ocurriendo en realidad, pero sigamos jugando. Hagamos como que sólo te doy un masaje, aunque nunca sea tan sólo un masaje. Hazte la dura y recházame, como haces siempre; apártate y dime que no, que eso quedó en el pasado. Juguemos a beso, verdad o atrevimiento y atrévete a decirme que ya se te ha pasado eso de tener ganas de follarme cada vez que me ves. Dime que ahora estás con otro, que la cosa parece funcionar bien; jugaremos a que me apartes las manos de tus tetas, negando que te guste cuando note tu coño mojado tras el pantalón. Juguemos a beso o verdad y deja que me ponga encima de ti, diciendo que no y presentándome sólo la justa resistencia, la mínima para que consiga atrapar tus brazos con mis rodillas y la boca te quede a la altura de mi ombligo. Y luego no digas nada, no te sorprendas de que me la saque sin avisar y bésala, es parte del juego. Chúpamela mientras me pides con la mirada que te diga guarradas, que te tire del pelo y pegue guantazos en la cara. No te quejes, no hables, méate de miedo y borrachera y sólo quédate de rodillas mientras te niego incluso el placer de tragártelo, sacándote la polla de la boca y pajeándome hasta correrme en tu cara, acertando en un ojo sin que siquiera te diera tiempo a bajar los párpados. Luego me sentaré, con la respiración agitada. Tú dirás que te debo 5€ por hacerme de puta, que en cuanto te pague podemos dejar de jugar. Que no hace falta que siga actuando, que ya me puedo ir. Juguemos a decirnos la verdad y te diré que no, que sigo queriendo quedarme a dormir. Démonos cariño, aunque no responda a tus abrazos; intenta que abra la boca, aunque me de asco tu lengua. Juguemos a continuar con la fiesta, aunque ya me haya corrido y ahora todo me parezca asqueroso y sin sentido. Abrázame con tus piernas y pídeme con tus besos que te folle, aunque ni siquiera se me levante. No preguntes qué me pasa, no quieras más humillación. Ponte a cuatro patas y ofréceme tu sexo como un regalo abierto para mí. Dime que si me apetece te puedo dar por culo. Finge tus gemidos e insiste en que te folle como lo sé hacer, que te rompa el coño. Acepta que te lo haga sin condón, lo que sea por sentirme dentro de ti. Aunque empieces a reconocer que lo que pasa es que no tengo ganas de estar junto a ti. No te quiero, no me gustas; si te trato mal no es un juego, es que me das asco, ni se te ocurra pensar que te lo comeré. Sigue chupándomela hasta que ya no aguante más y me den ganas de llorar. Juguemos a tragarte mi polla flácida sin conseguir que me empalme, no hables más que para confesar que esto es lo peor que te he echo jamás. Lo único que hiere tu orgullo: no hacerme sentir placer. Juguemos a ese juego en el que el sexo se vuelve cruel y escúchame, sácatela de la boca que no ya no quiero ni que me la chupes y escúchame: si te he pegado y escupido y hasta rechazado es porque en quien pensaba no era en ti, sino en C.

Águilas follando mientras vuelan

Caminar con lo puesto, coger con tus propias manos la comida de cada día, arrancándola de los árboles bajo los que descansarás al anochecer; porque el dinero no crece de la tierra, pero casi todo lo demás sí. Trepar un risco -descalzo, para agarrarte mejor- y al mirar hacia delante no ver más que horizonte, una promesa bonita siempre por cumplir, animándote a seguir. Hablar hasta pasada la madrugada porque, si lo decidimos, este será nuestro fin de semana; y follar porque llega la oscuridad, acariciándonos, salvajes, como lobos en celo que aúllan a la luna de los enamorados. Arroparnos con las mil luces que brillan en el cielo, el mismo brillo que tienen los ojos de una mujer bonita invitándonos a su habitación. Darte baños de barro rojo y pintar con los dedos tu piel; en vez símbolos arcanos como el ABC, figuras agazapadas en el arcén, disparando flechas a un camión. Que el clima sea lo que se huele en el aire, descifrando las futuras lluvias o el soleado en la brisa que acaricia una cara desconocida, sin espejos donde te puedas reconocer; una cara que tan sólo puedes intuir en los charcos que quedaron tras las tormentas, los ciclones bajo los que te duchas en bolas mientras gritas renegando de Dios, bailando con los rayos y demás ídolos paganos como el bosque o un tambor. Tomar setas alucinógenas y no ver madera, recursos, leña. No ver ya ni siquiera la palabra á-r-b-o-l, sino encontrarte de frente con algo más; algo imposible de pronunciar, mágico, y que late al mismo ritmo que tú. Algo que también respira en una fotosíntesis de locura donde dejas de unir los puntos que dan forma a cada constelación, volviendo a llamar a las estrellas por nombres más antiguos que aquellos que les impuso la razón. Saltar, desnudo y temerario, a pozos  y cuevas donde nadie se adentró; descubrir el mundo que hay a la altura de la mierda de serpiente, los misterios que se encuentran bajo cada piedra, el subsuelo donde habitan las hormigas y los gusanos, hojarasca y cuerpos putrefactos haciendo de abono orgánico, todo ese fondo podrido negro que no es sino el universo pugnando por nacer en una flor. Eso es lo que me cuesta el alquiler cada mes; no es dinero, es todo aquello a lo que renuncio cuando cada noche programo el despertador.

Dime algo sucio

Por lo mismo por lo que aspiraba el humo de los porros de mi padre, escondido tras el sofá, sin que quedara maría en el aire que fumarse pero tragándome hasta el fondo esa infantil sensación de estar haciendo el mal. O por la misma cosa por la que te sigo llamando de madrugada, a pesar de que luego no pueda dormir; por eso por lo que quiero saber cómo te lo hizo, si se corrió rápido o si supo morderte. Si te agarró bien el culo. Aunque me cabree. Aunque luego llore mientras me pajeo pensando en ti. En fin. Por esa misma razón por la que sigo escribiendo aunque baste entrar a internet para saber que hay millones mejor. Por ese mismo motivo por el que tengo una relación de coqueteo con esa chica mala que son las drogas, sin saber decir que no; por eso por lo que repito "estoy perdido" y vuelvo a decir sí una vez más, fumando marihuana siempre que tengo ocasión. Por eso por lo que volvería a besarte aunque ello signifique romper el futuro, sentenciar el final. Porque siempre pega resaca, con el éxtasis no hay morosos. Todo el mundo sufre por su dosis de alegría. Y sí, volveré a decir sí a todos esos rechazos. Porque no estamos aquí ni para luchar ni para sufrir; porque sí, joder. Eso es lo que quiero decir cuando voy borracho y te repito una y otra vez "fuck la mierda", sabiendo que es ridículo, disfrutando de hacer el gilipollas sin querer irme hasta que enciendan las luces y suene la última canción. Aunque nos queramos morir. Y sí, ya sé que no va a pasar nada. Nada. Pero ahí estaré, por eso mismo por lo que me río cuando sé que no hay nada más que esperar. Que esto es todo, gilipollas. Por eso por lo que le digo a la gente que no se confunda, que claro que es malo, pero que tienen que probarlo. Porque me gusta ver vibrar tus tabiques nasales esnifando hasta el alma el sonido de los altavoces, poniendo tus neuronas a bailar hasta desfallecer exhaustas de speed. Porque no quiero imaginarme a los cuarenta o cincuenta sin haberme hecho daño, aunque cada día tenga más ganas de decirte adiós. Te odio, que lo sepas. Sólo que no me lo creo ni yo, que únicamente me parece bueno aquello a lo que te puedes enganchar. Te quiero, te quiero. Y quiero hacerme aún más cicatrices para saber qué se siente, aunque sepa que cada vez nos acercamos más a picarnos la vena. Porque da miedo. Porque ya no sé en qué día estamos. Porque en el límite no hay tanta diferencia entre ser un yupi o un yonki o un idiota enamorado. Por eso por lo que no me importa dejarlo todo para irme contigo, pues para mí no hay nada que perder. Y ahora sonríe, venga. Por esa misma razón por la que más disfruto cuanto más claro me queda que es feo. No quiero a esa tan mona que me proporciona estabilidad, quiero que me acompañes a robar. Y si suena la alarma escuchar qué hablas con el tío ese que te tiras, porque si me para la policía y me pregunta por qué por qué por qué les diré que no me arrepiento, que de tener la oportunidad me dedicaría al terrorismo. Porque me gusta ser un fracasado. Porque me encanta disfrutar de todo y hasta de lo puto peor, porque me gusta bailar como sólo los comemierda se pueden mover. Por eso por lo que me empalmo al meterte la lengua en el culo. Dime algo sucio, vomítame pájaros de colores. Pégame. Tírame a la cara El principito. Tanta idiota y sólo me engancho a las que muerden al chupar. Pues bien: arráncame la polla con los dientes mientras sonreímos al fin del mundo. 

No hay música

¿Sería posible hacer un libro sobre alguien a quien no le sucede nada? Una historia sin crímenes, sin capítulos que acaben siempre en el momento oportuno para enganchar al lector, pues éste ya sabría de antemano que nadie va a encontrar el amor; imagínate, por ejemplo, una pareja que va a una cafetería, charlan un rato, pueden incluso discutir, o darse un beso, yo qué sé. Lo normal. Y luego -cuando sea- piden la cuenta. Y ya está, ahí acaba. ¿Se vendería algo así, tan poco epopéyico, tan cotidiano? Una historia donde los protagonistas sean gente de a pie, con esa clase de drama diario que te deja sin saber qué pensar. Como cuando se te muere un ser querido, que preguntas por qué por qué y no hay respuesta alguna, sino que sólo puedes llorar.  No hay ningún guionista en los cielos a quien puedas culpar y pegarle un puñetazo.No sé. No dejo de pensar que si quisiera hacer un retrato de verdad, auténtico, con el que alguien pudiera realmente identificarse, en fin. Entonces tendría que escribir sobre un anónimo. Aquel que se equivoca de número al llamar y que, cuando cuelgas el teléfono, te preguntan: ¿quién era? Y tú dices: “nadie”. Ese tipo de gente con quien te encuentras en el metro y que, si acaso, miras un rato. Un minuto, dos. O tres, da igual. Lego te vas. Sin volverlo a ver jamás. Extras que al final de la película se mueren sin haber aparecido nunca en pantalla, pues su cometido en la vida era vender melones, pasear al perro mientras su niña juega al ordenador. Uno de esos adolescentes que con granos o sin ellos más pronto que tarde crecerá y la modestia podrá con él, acabando con esos sueños de ser alguien. No digo importante, digo alguien. Cuando morimos no hay banda sonora, todos somos abono orgánico y la única música que nos despide es la que emiten las máquinas que tienes conectadas a tu corazón. Pliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin. Hace tiempo me colé en las ruinas de un teatro romano, ya de madrugada, cuando no había nadie más que el guardia de seguridad. Un enorme monumento que miramos desde fuera, como turistas, sin pisar nunca el escenario principal. Y allí es donde me puse a corretear y bailar, sintiéndome excluido de la Historia al tiempo que las suelas de mis zapatos pisaban las mismas gradas donde hace tanto tiempo unos tipos con túnicas blancas se sentaron, con sus preocupaciones de entonces y sus cosas de ellos. ¿Qué haría el cocinero del César a eso de las tres, después de comer? Me pregunto si alguien bailará sobre nuestra anónima tumba colectiva en el año 3000, haciendo arqueología de nuestros cómics como si fueran una antigua religión, ignorando que el propósito real de cada escritor era abrir las piernas de aquella tía de la que entonces estaba enamorado. La vida pasa y cada vez nos conformamos con menos; ser una estrella del rock, la casa de tus sueños. Y al final consigues ese puesto por el que todo el mundo te felicita y luego, una tarde cualquiera, le confiesas a un amigo que, joder. Que estás harto. Que odias tu trabajo. Que no dejas de pensar en esa tía que conociste el otro día y de la que todavía no sabes nada. Bah. Piénsalo: el Big bang, un petardazo de dimensiones divinas, y, luego, ya casi al final de la eternidad, nos encontramos con que no sólo no tengo ni puta idea de qué hacer mañana por la tarde, sino que además se me ha acabado el tabaco y no sé quién coño es esa que tengo al lado cada mañana al despertar.

Passeig de Gràcia

No es que nos fijáramos el uno en el otro mientras viajábamos en el metro, entre toda esa otra gente. Tampoco es que ella fuera una de esas bellezas que duelen, ni yo, sólo es que estamos haciendo el trasbordo de una línea a otra, y, en los pasillos, me encontré –de casualidad- con que caminábamos a la par. Un túnel la ostia de largo y tan sólo ella y yo, andando a la misma altura, sin siquiera mirarnos de reojo. Sin premeditación, sin mediar palabra, simplemente coincidimos y durante un momento pareció que caminábamos juntos, o eso hubiera pensado cualquiera que pasara por allí; nos acercábamos el uno al otro un poco, lentamente pero cada vez más, como dos personas que caminan en paralelo y que tan sólo se unirán en el infinito. Lejos, faltando nada para acabarse el paseo, nos juntamos; no sé si porque los dos lo deseábamos o si simplemente sucedió así, por inercia; quizá es que ninguno se terminó de dar cuenta de lo que estaba sucediendo, pero el caso es que,  faltando pocos pasos para el final, se rozan nuestras manos -casi nada, lo justo para que nos separemos antes de que lleguemos a intuir nuestra piel- y entonces cada uno se gira y sigue con su camino. Yo fui en una dirección, ella fue en otra. Y fin.

Cordón umbilical

Bajo las escaleras del metro mientras hablo con mis padres, diciéndoles que pronto me quedaré sin cobertura; no dejan de insistir en si estoy bien, repitiendo que si me pasa algo puedo contar con su ayuda, a lo que yo me limito a responder como un robot; tengo ganas de hablar con ellos, de verdad, pero de algún modo las palabras no salen de mi boca. Me limito a decirles que sí, que me va genial; les digo eso mientras cruzo el torno, colándome ahora que no hay seguratas. Les digo que muy bonito todo mientras tengo que colarme en el metro porque en verdad ya no tengo trabajo, me echaron, y ahora se me empieza a agotar el dinero.  Y claro que tampoco les digo que mi dieta se ha monotonizado en pasta y arroz. En su lugar les cuento maravillas de la nueva ciudad en la que vivo, en qué mato el tiempo y lo bien que me van las clases, hasta que al final hablo de todo menos de lo que de verdad me importa, sin que siquiera me sale algo bonito que les haga ver que me importan. Que aunque me haya mudado y viva lejos me acuerdo de ellos, que si no los llamo es porque estoy ocupado; que yo también los he echado de menos, por más que ahora quiera colgar. Y así llego al andén, entre muchos sí sí y algún te llamaré; rodeado de gente, todos esperando. Oigo a alguien hablando por teléfono, dejando caer lánguidamente frases parecidas a las mías y a la de tantos otros -a ver si hablamos; sí, nos vemos, hasta luego-, y estando los demás callados y escuchándose tan solo a nosotros dos parece que nos hablemos el uno al otro, manteniendo una conversación no muy distinta de la que yo mismo tengo con mis padres; una rutina de falsedades prefabricadas que termina por aturrullarme y que hace que me imagine con cara de idiota, hablando con quienes se supone que debería tener confianza pero no es así. Están alargando la despedida más de lo que soporto y ya no sé ni qué decir. Al final me salva el metro; me monto en el vagón y la llamada se vuelve cada vez más difícil, todos esos no te escucho y se me va a cortar, sus llámame pronto y un te queremos que apenas me llega y al que no puedo responder, interrumpido por el ruido de las vías y el adiós que no le digo ahora, sino antes, cuando me fui, porque ahora ya estoy lejos y la línea invisible que nos une hace tiempo que se rompió. Guardo el teléfono.

Sé que no los llamaré.