El amor puesto en un plato servido en silencio para no interrumpir la televisión

Una mujer, cenando con su hija. Comen algo sencillo, de su país, frijoles o no sé. Amor diluido en rutina con un poco de televisión. El silencio entre las dos sólo es interrumpido por el masticar, delatando con su monotonía la misma pesadez que se oculta tras las repetidas frases de siempre, esos clichés en que cayeron cuando murió la comunicación. Ahora miran la tele, sin más, sin darse cuenta de que es la excusa perfecta para seguir masticando, sin hablar, pareciendo casi hasta natural. Y entonces es que suena el móvil, número desconocido. La madre baja el volumen del televisor, responde al teléfono, y, tras el "haló", escucha la voz de su jefe. "Sabes que no te puedo echar", le dice él. Y sólo el timbre de voz ya le suena como si rayase un plato con el tenedor. "Así que te haré la vida imposible, hasta que te vayas tú". Y lo suelta tan pancho, con la boca llena, provocando que a la pobre mujer se le atragante la cena y le falte el aliento, la chica en pie  dándole palmaditas en la espalda, Jesús, María y la Virgen y ella tose que te tose, asfixiada de ese modo en que le falta el aire a la gente que lleva la vida entera tragando mierda, joder, hasta que como por un milagro consigue escupir. Victoria agridulce que únicamente atestigua la niña, pues cuando la respuesta llega al teléfono ya no hay nadie al otro lado con quien hablar, sólo la cría, que escucha a su madre decir: "mira, yo tengo una hija que alimentar". Y los ojos le brillan pero no por la emoción, sino llorosos por la tos; "yo tengo una hija y no me voy a dar de baja, ella vale más pa' mí que toito to' lo que tú me puedas hacer pasar".

Cantus Post Machina

La Máquina,
la gran rueda
el mayor invento
de la humanidad
Ciudad sin cielo
hecha de matemáticas
esfera perfecta, plana
de ventanas anónimas
y una red de carreteras
que sólo da vueltas
asfixiando, en el eje
al corazón:

Un jardín, 
el último que queda ya
laberinto electrificado
sin entrada ni salida
Agujero en el mundo
tras el que se esconde, al fin
imposible de pensar,
una puerta
por cuyo ojo, la llave
se coló, quién sabe cómo
al otro lado:

Y allí, palpitante
el universo prometido
de un color aún desconocido
pugnando por nacer
La rosa con espinas
que todos tienen en la boca
como excusa, para herir
 y seguir, así, construyendo
fajo sobre fajo,
de argamasa, tuétano y sangre
La Máquina
Esa enorme Catedral a la Razón
Santa Guillotina
educando, con impetuosidad
un ladrillo más
para el muro de los lamentos
custodiando,
en el interior
tras la nada
su razón de ser:
Una flor que, tras la Creación
pactó con el Diablo
no ser juzgada, nunca, por el Sol
y ocultar, así,
que es de plástico
artificial.

Chuleta con espinas

Ella se crió en el campo y por eso su aspecto de salvajilla, a juego con la perra enorme que tiene como mejor amiga. Él, burlón, bromea a veces con lo iguales que son, azuzándola, riéndose de que la muy gitana gruñe a todos los machos cuando sale a pasear, sin acercarse nunca hasta delatarse dejándose domar deseosa como estaba de tumbarse ante ti... Y así es que lo acaba por morder; por mucho que sea el único a quien confía su mayor amistad, sin que haya tirones de correa para que salga con él a pasear, no deja de ser una perra y como no la trates bien no dudará en revolverse dispuesta a atacar. Hablo de la mascota, claro, no de la guapa que le da de comer. Pero cuidado, que aunque él siempre haya sido de gatos, acostumbrado a lamerse el ego antes que ser atento e irla a buscar, hay que reconocer que la mosqueona sabe mover los hilos para hacerte maullar; no puedes adoptar por la fuerza a un animal callejero que huele a los callejones de atrás, pero otra cosa es que siempre haya cena y cama preparada -incluso algún mimito quizá- para cuando vuelvas de no tener dónde ir. Pero eh, insisto: esto va de cómo juega ella, la chica, con él, el gato, ¡la mascota! Y no con la ilusión de quien la abraza a la hora de dormir. Y hablando ahora de los dos, de la perra y del gato, menuda curiosa relación; mira que se han enzarzado veces, marcando el territorio, demostrando que las cosas no son tan fáciles como para que baste con amar; una y otra vez se reaviva la diferencia entre los contrarios, erizándose la cola de uno -¡no aguanto el olor a perro en las bragas que te regalé!- ante los ladridos de la otra, que, dientes fuera, defiende  la libertad de correr desatada, masticar la pelota y volver si tengo ganas de jugar, sí, pero libre del anhelo por que me hagas sacar la lengua y jadear. Lo dice la ella gata, la orgullosa e independiente que ya ha visto hasta la cara oculta de la Luna como pa dejarse engatusar por un animal traicionero que cuando menos te lo esperes te va a bufar. Un caza ratones tan torpe que parece más bien atraer a la peste, siempre dándole con la cola a la confianza que guardabas en su fidelidad. ¡Pero buff! Si por alguien saca el gato su faceta de perrito en esta historia es por el cariño que ella -la muy perra- le aúlla tras la eterna discusión, atrayéndolo sin rabos entre las piernas y no solo por el pescado, o el filete, lo mismo da, sino domesticado al fin por esas caricias para los oídos que hacen que no pare de ronronear. Y eso sí que es para decir guau, porque a estas alturas de la ancestral rencilla entre razas tan distintas como iguales, pase lo que pase lo que provoque la separación será algo más que una discusión entre, yo qué sé, dudo acerca de quién hablo ya; diría que de un Romeo tan gato que es de postín, o al revés, y de una Julieta tan suelta que no muere por ti, por mí ni por nadie pero que muy en contra de su instinto tendría que ir para decirme adiós. Y es que blah, confieso como gato y perra a la vez, sin que haya mascotas sino amantes en esta relación, que nos veo antes matándonos que tomando direcciones opuestas y no te digo que lo siento, sigue mordiéndome la oreja, así, que no te voy a devolver la espina que tenías clavada en el corazón, atravesándote justo donde la falta de amor.